1827

 

TAMERLÁN 

 

¡Oh alivio bondadoso en la agonizante hora!
Pero en tal momento no es ese mi propósito, Padre;
no seré tan insensato para juzgar que poder
alguno de la Tierra puede absolverme del pecado,
del que mi absurdo orgullo placenteramente gozó;
mas tiempo no dispongo para desvaríos ni sueños.
Tú llamas esperanza a ese fuego del fuego,
pero solo es agonía del deseo.
Y abrigo, sí, honda esperanza, ¡oh Dios!,
porque más sagrado, más divino es su manantial;
pero atiende, oh anciano, que no te llamaría necio
pues esa esperanza ni regalo, ni don es tuyo.

Conoce entonces el secreto de un espíritu
hasta la vergüenza agobiado por su turbulenta altivez.
¡Oh corazón anhelante!, de tu fama
heredé mustia cuota,
chamuscada gloria reluciente
entre las joyas de mi trono,
¡oh, halo del infierno!, y con tal dolor
que el averno no me acobardará otra vez.
¡Oh implorante corazón por las perdidas flores
y el brillo del sol en mis horas estivales!
De aquel tiempo fenecido, la voz eterna
con su interminable melodía,
vibra en el espíritu de un encanto,
un doblar de campanas ante tu vacuidad.

No siempre he sido como ahora.
La ardorosa corona en mi frente
reclamé y como usurpador la obtuve.
¿Acaso la misma violenta herencia no entregó
Roma al César, y ésta a mí?
El legado de una majestuosa inteligencia
y un orgulloso espíritu que triunfal luchó
contra la humanidad.

Respiré los primeros aires de la vida en montañosos suelos,
y las nieblas del Taglay derramaron
por las noches en mi cabeza sus rocíos;
y creo que la alada contienda,
y el tumulto del temerario aire
anidaron en mi cabellera.

Tardío cayó sobre mí del cielo
(entre sueños de una impía noche)
aquel rocío con el golpe del infierno,
mientras que el rojo centelleo de la luz,
en las nubes flotando como banderas encumbradas,
parecía ante mis entornados ojos
el fausto de la monarquía;
y el profundo rugido del trueno de la trompeta
veloz llegó hasta mí, con el anuncio
de nuevas de una batalla humana, y mi voz,
mi propia voz, ¡niño tonto!, se henchía
(¡ah!, cómo el espíritu gozoso
saltaba en mi interior al grito)
¡al grito de batalla y victoria!

Cayó la lluvia sobre mi cabeza
descubierta, y la fuerza del impetuoso viento
me volvía loco, y sordo, y ciego.
No era sino el hombre, pensé, que los laureles
sobre mí dejó caer; y el ímpetu,
el torrente del helado aire
en mis oídos gorgoteaba el aplastamiento
de los imperios, y la plegaria de los cautivos,
de los suplicantes su murmullo, y el sonsonete
de la adulación alrededor del trono de un soberano.

Mis pasiones, desde aquel infortunado momento,
una tiranía usurparon, y los hombres
enjuiciaron mi naturaleza innata,
cuando el poder alcancé. ¡Qué así sea!
Pero, Padre, hubo alguien que entonces,
sí, en mi infancia, cuando el fuego de aquellos deseos
flagraba con resplandor aún más intenso
(la pasión expirar debe con la juventud),
 bien sabía que este férreo corazón
compartía algo de la debilidad femenina.

Mas, ¡ay!, palabras no tengo
para cantar la belleza del bien amar,
ni trato de componer los trazos
de algo más que lo hermoso de un rostro,
cuyas líneas en mi mente
son nada más que sombras en el viento inestable.
Recuerdo haber vivido
algunas páginas de tempranas tradiciones;
con ojos perezosos percibía las letras,
pero su significado llegaba a disolverse
en fantasías… en nada.

¡Oh, ella merecía todo el amor!
Amor, como el que fue mío en la infancia,
de naturaleza tal que las mentes de los ángeles
envidiaban; su delicado corazón, santuario
fue en el que todas mis esperanzas y pensamientos
eran fino incienso, un hermoso regalo
porque eran inocentes y puros,
nítidos, como su tierno y juvenil dechado.
¿Por qué abandoné ese amor, y a la deriva
confié en el fuego interno buscador de la luz?

Juntos crecimos en edad y en amor,
recorriendo bosques y la salvaje naturaleza;
en tiempos invernales mi pecho era su escudo,
y cuando la amigable luz del sol era una sonrisa,
quería ella observar los cielos que se abrían;
mas yo no veía cielo alguno, sino en sus ojos.

El primer precepto del juvenil amor es… el corazón,
pues en medio de aquella luz solar y de aquellas risas,
a pesar de nuestras mínimas inquietudes
y sonriéndome de sus ardides de adolescente,
me sumía en su palpitante pecho
mientras que mi espíritu lágrimas vertía
y no era esencial pronunciar palabra alguna,
ni mitigar cualesquiera temores suyos,
porque ella no me pedía razones,
mas sus tranquilos ojos volvía hacia mí.

Aun así, por alcanzar todo el mérito del amor,
esfuerzo y lucha eran mi alma,
y cuando en la cima de una montaña, hayándome solo,
un nuevo acento le imprimió la ambición,
yo no tenía existencia sino en ti:
el mundo, y todo su volumen,
tierra, aire, mar,
su alegría y su pequeña brizna de dolor
que era un nuevo placer, el ideal,
la fragilidad de la luz, las vanidades de los sueños nocturnos,
y nadas tan oscuros que eran reales
(¡sombras y luz tenebrosa!)
partieron con sus nebulosas alas,
y así, confusamente se transfiguraron
¡en tu imagen y en un nombre… un nombre!
Dos seres distintos, aunque íntimamente enlazados.

Yo era ambicioso. ¿Ha conocido usted,
 Padre, la pasión? ¡Claro que no!
Yo, un campesino, erigí mi propio trono
con la mitad del mundo conquistado,
y aún así me quejé delante de tan pobre destino.
Pero igual que cualquier sueño,
el mío se disipó
en el vapor del rocío,
pero no los rayos de la belleza,
que cada minuto, hora y día
oprimen mi mente con extraña hermosura.

Juntos caminamos por la cúspide
de una elevada montaña que hacia abajo miraba
a las lejanas colinas, sus orgullosas torres naturales
de rocas y bosques.
¡Las erosionadas colinas ceñidas por enramas
y el vocerío de mil riachuelos!
Le hablé a ella de poder y de orgullo,
pero místicamente, de manera
que no lo estimara ajeno
a la conversación de ese instante,
y en sus ojos leí, acaso con descuido,
un sentimiento unido al mío.
Y en sus brillantes mejillas, el rubor me pareció
que se transformaba en un trono de reina,
y era tan radiante que mantenerlo debía
como la única luz en el desierto.

Entonces me cubrí de grandeza
y una corona visionaria ostenté.
No fue que la fantasía
sobre mí su manto arrojó,
sino que entre el populacho, los hombres,
el león de la ambición encadenado está,
y se agazapa delante de la mano del guardián;
no así en los desiertos donde el magnífico,
el salvaje, el malo, conspiran
con su propio aliento para avivar el fuego.

¡Contempla ahora alrededor tuyo a Samarcanda!
¿No es ella la reina de la Tierra? ¿No se cierne su orgullo
sobre todas las ciudades? ¿No sostiene
en su mano sus destinos?
Junto a la gloria conocida del mundo,
¿no se yergue espléndida y singular?
La caída de sus peldaños de ascenso
formaría el pedestal de un trono.
¿Y quién es su soberano?
Timur, a quien los atónitos pueblos vieron
marchar altivamente sobre los imperios,
¡un proscrito luciendo una corona!

¡Oh amor humano! ¡Por nuestras esperanzas en el Cielo,
en la Tierra tu espíritu se nos concede!
¡Oh amor humano! Te viertes en el alma como la lluvia
en la llanura por el siroco marchita,
y tu poder, inerte para bendecir,
entonces, ¡cual yermo dejas el corazón!
¡Idea! Ah, concepción mental que ata en un círculo la vida,
con música de tan extraño sonido,
y belleza de linaje tan fiero.
¡Adiós!, porque la tierra he conquistado.

Cuando la esperanza, el águila que se encumbró, ver no pudo
ningún risco más allá del cielo,
lánguidamente sus alas se doblaron,
y hacia su nido volvió sus enternecidos ojos.
En la puesta del sol, cuando se oculta el astro,
emerge lo sombrío del corazón
para quien aún desea contemplar
la gloria solar del estío.
Esta alma odiará la niebla de la noche,
tan frecuentemente hermosa, y escuchará
viniendo el sonido de la oscuridad
(conocido solo para aquellos cuyos espíritus saben escuchar)
como quien en un sueño nocturno, desaparecería escapándose
de un peligro cercano, mas no puede hacerlo.

Y aunque la luna, la blanca luna
derrame todo el esplendor de su culminación,
helada es su sonrisa, y su rayo de luz,
en esa melancólica hora, parecerá
(tan semejante que detienes el  aliento)
a un retrato tomado después de la muerte.
Y un sol de verano es la niñez,
la tristeza más deprimente su decrecer,
porque todo lo que vivimos para saber, conocido es,
y todo lo que anhelamos conservar, se ha esfumado.
¡Deja entonces la vida caer como flor de un día,
junto con la belleza del diurno apogeo, que es todo!

Llegué a mi casa; nunca más mi casa,
pues sus habitantes todos habían partido.
Pasé por la musgosa puerta,
y aunque eran suaves y quedas mis pisadas,
una voz provino desde la piedra del umbral,
una voz que antaño conocí.
Yo te desafío, ¡oh, infierno!, para que muestres
en los lechos de fuego que abajo arden,
¡un corazón más humilde, un infortunio más profundo!

Padre, ¡creo firmemente!
Bien sé que la muerte viniendo por mí
desde lejanas regiones bendecidas,
donde no hay nada engañoso,
entornada ha dejado su puerta de hierro,
y los rayos de la verdad que usted no puede ver,
brillando están desde la eternidad.
Creo que Eblís
posee una trampa en cada sendero humano,
¿cómo, si no, cuando vagaba por la sagrada arboleda
del ídolo, del Amor,
que día a día perfuma sus níveas alas
con incienso de ofrendas quemadas
de las cosas más impolutas,
las graciosas enramadas rasgadas
por los rayos del cielo, se entretejen formando en lo alto una trama,
donde ninguna partícula, ni diminuto insecto pueden esquivar
el relámpago de sus ojos de águila,
y cómo fue que la ambición, cual serpiente reptó
invisible entre aquellas orgías,
hasta que volviéndose audaz, rió y saltó
en las marañas de la cabellera del Amor?

 

CANTO

 

Te contemplé en tu día nupcial
encendida por ardiente sonrojo;
aunque todo regocijo te circundaba,
el mundo en presencia de tu porte era todo amor.

Y el destello que irradiaban tus ojos
(¿resplandor enigmático?)
fue todo en la tierra lo que mi doliente mirada,
pudo ver de la belleza.

Tu rubor, quizá recato de virgen fue,
y como tal bien puede desdibujarse,
mas su llama un fuego más intenso encendió
en el pecho de aquél

que te contempló en tu día nupcial,
cuando profundo sonrojo te cubrió;
aunque todo regocijo te circundaba,
el mundo en presencia de tu porte era todo amor.

 

SUEÑOS

 

Fuere mi juventud un perdurable sueño,
y que mi espíritu solo despierte cuando los rayos
de una eternidad me depare el mañana.
¡Sí! Aunque ese sueño sea doloroso desaliento,
más alivio sería que la yerta realidad
de vivir en vigilia, para quien su corazón
es, y ha sido, desde su nacimiento,
en la amada tierra, caos de recóndita pasión.
Mas si eternizarse pudiera aquel sueño,
como han sido los sueños
de mi temprana niñez, si acaso fuese así otorgado,
locura sería aspirar a un cielo más sublime.
Porque me regocijé con el brillo del sol
en el firmamento estíval y sueños de llamas deslumbrantes
y maravillosas entregaron mi corazón
a las regiones de mi fantasía,
lejos de mi hogar, soñando seres creados
por mis pensamientos. ¿Qué más podría yo haber visto?
Ocurrió solamente una vez, y la hora turbulenta
de mi recuerdo no desaparecerá, porque una fuerza
o sortilegio me circundó: fue el gélido viento
que me acometió en la noche, dejando en pos
su imagen en mi espíritu; o la luna,
cuya frialdad brilló en mis sueños
desde su eminente cenit; o las estrellas… o lo que fuere,
aquel sueño fue como un viento nocturnal, entonces, ¡qué se desvanezca!

En un sueño he sido feliz.
He sido feliz, y la melodía me fascina.
¡Sueños! Animada coloración del vivir,
intento fugaz, incorpóreo y nebuloso
emulación de la realidad son los sueños;
portadores a los ojos delirantes, de las cosas más bellas
del paraíso y del amor, y de todo lo nuestro que en su hora más
luminosa concibió la frágil esperanza.

 

ESPIRITUS DE LOS MUERTOS

I

 
Tu alma con sus pensamientos sombríos
se hallará sola bajo la gris lápida sepulcral;
y para nadie de la multitud
será curiosidad tu aislamiento.

II

 
Guarda silencio en esta solitud
que no es soledad,
por que los espíritus de los muertos que estuvieron
en la vida delante de tu presencia,
en la muerte estarán a tu alrededor,
y su poder te cubrirá con su sombra. ¡Tú, permanece tranquila!

III

 

La noche, aunque clara, mostrará enfado,
y no mirarán hacia abajo las estrellas
desde sus elevados tronos en el firmamento,
con luz como esperanza a los mortales entregada.
Sin destellos, las rojas esferas
parecerán en tu fatiga,
como incendio y fiebre
por siempre persistentes sobre ti.

IV

 

Ahora tú no podrás disipar los pensamientos,
ahora las visiones nunca se desvanecerán,
porque quedarán por siempre en tu espíritu
como simples gotas de rocío en la hierba.

V

 
La brisa, hálito de Dios, inmóvil está,
y sobre la colina, la niebla
tenebrosa, intacta y sombría,
es símbolo y signo,
que suspendida se cierne sobre los árboles,
como ¡un misterio de todos los misterios!

 

ESTRELLA VESPERTINA

 
El verano en su apogeo,
noche y marea en su plenitud;
y en sus órbitas, pálidas
brillan las estrellas entre la luz
de la luna, más luminosa y glacial,
en medio de los planetas, sus esclavos;
la luna en el firmamento,
y en las olas sus rayos de luz.
Por un instante fijo la mirada
en su apática sonrisa,
qué reticente, qué insensible para mí;
una densa nube como lana
se interpuso cubriéndola cual velo,
y entonces, volví hacia ti mis ojos,
oh altiva estrella vespertina;
en tu lejana gloria
más atractivo es tu destellar,
porque deleite es para mi corazón
el orgulloso espacio
que llevas del cielo en la noche,
y entonces, admiro más
tu fuego tan distante
que aquella más fría y prosaica luz.

 

IMITACIÓN 

 
Oscura marea insondable
de orgullo perpetuo,
un misterio y un sueño
serían acaso mis primeros años.
Y yo digo que henchido estaba aquel sueño
de un borrascoso, insomne pensamiento
de seres que han sido,
y que no fueron advertidos por mi espíritu.
¡Si los hubiese dejado pasar
con soñadora mirada!
Que nadie de la Tierra herede
aquella visión de mi espíritu;
yo domeñaría esos pensamientos
como un conjuro sobre mi alma.
Por fin, la esperanza luminosa,
y el frívolo tiempo de antaño,
y mi terrenal descanso expiró
en el instante del soplo de un suspiro;
no me importa entonces que fenezca con un pensamiento 
profundamente conservado en mi mente.

 

ESTANCIAS

 
¡Cuán frecuente olvidamos el tiempo, al admirar, solitarios
el trono universal de la naturaleza: sus bosques,
sus parajes silvestres, sus montañas,
la intensa respuesta de Ella a Nuestra inteligencia!

                                                                                         (Lord Byron: “La Isla”)

 

I 

 
Conocí en mi juventud a alguien con quien la tierra
en secreta comunión se mantenía, así como él con ella,
en la luz del día, y en la belleza desde que nació;
su ardiente y titilante antorcha vital
fue encendida en el sol y en las estrellas, y de allí trajo consigo
una apasionada luz, digna de su espíritu;
mas en la hora de su propio ardor, aquel espíritu
no sabía el poder que sobre él tenía.

II

 
Quizá podría estar forjada mi mente con los febriles
rayos de la Luna cuando ella se cierne,
pero casi creeré, que esa vehemente luz cargada
con más soberanía que el antiguo saber,
siempre ha dicho: ¿o es la esencia incorpórea
de un pensamiento, y nada más,
que con excitado conjuro pasa sobre nosotros
cual rocío nocturno en la hierba estival?

III

 
¿Pasa sobre nosotros cuando, tal como la mirada
se extiende hasta el objeto amado, así una lágrima fluye
del párpado que ha poco dormía apático?
Y no es necesario que (ese objeto) se halle oculto
en nuestra vida, sino familiar, porque cada instante
yace ante nosotros, pero solo entonces, se revela
con un extraño sonido, como el sonido de la rota
cuerda del arpa, para despertarnos. Es símbolo y signo

IV

 
de lo que habrá en otros mundos, y conferido
por nuestro Dios en la belleza, solo a aquellos
que de otro modo, de la vida y el cielo se derrumbarían,
arrastrados por la pasión de sus corazones, y por ese tono,
ese supremo tono del espíritu que ha luchado,
aunque no con fe, sí con devoción, cuyo trono
ha derribado con desesperada energía,
luciendo sus propios y hondos sentimientos como una corona.

 

UN SUEÑO

 

En mis visiones de la oscura noche,
con la alegría perdida he soñado;
pero despierto... y un sueño de vida y luz
mi corazón dolorido me ha dejado.

¡Ah! ¿No es un sueño diurno
para aquel cuyos ojos se dirigen
hacia las cosas de su contorno,
con un rayo que retrocede hacia el pasado?

Pero ese sueño sagrado, ese sueño,
mientras un mundo increpante me rodea,
me reconforta como un amado rayo de luz,
de un espíritu solitario guiador.

Y aunque se estremeciera esa luz
por entre noches y tempestades,
¿qué más pura y luminosa podría brillar
en la diurna estrella de la verdad?

 

[EL DÍA MÁS FELIZ, LA HORA MÁS FELIZ]

 

El día más feliz, la hora más feliz
vivió mi herido y marchito corazón,
y la más elevada esperanza de orgullo y de poder
presiento que se disipó.

¡De poder! ¿He dicho eso? ¡Sí! Tal lo creo,
pero hace mucho tiempo se desvanecieron,
si visiones han sido de mi juventud;
entonces, ¡qué desaparezcan!

Y, ¿orgullo? ¿Qué tengo yo que ver ahora contigo?
Sobre mí vertiste tu veneno
que otra frente pudo heredar.
¡Pero, debes estar tranquilo, oh espíritu mío!

El día más feliz, la hora más feliz
que verán mis ojos, que jamás han visto;
la más encendida mirada de orgullo y de poder,
siento que ya se esfumaron.

Si me ofrecieran ahora esa esperanza
de poder y orgullo,
¡ay, qué terrible dolor!, no quiero
revivir esa resplandeciente hora,

porque en sus alas había una tenebrosa mezcla,
y cuando se agitaron, desprendióse
una poderosa esencia para destruir
un alma que bien la conocía.

 

EL LAGO
                                    A

 

Tuve la fortuna en mi juvenil primavera,
del ancho mundo un paraje frecuentar,
y que amarlo no pude menos,
porque tan atractiva y hermosa era la soledad
de un extraño lago, entre negras rocas,
y elevados pinos como vigilantes torres.

Cuando su paño mortuorio la noche extendía
sobre aquel sitio y el mundo,
el místico viento murmurando
melodioso soplaba,
me despertaba entonces
al terror del solitario lago.

Pero ese terror no era miedo,
sino trémulo deleite;
sentimiento que ninguna riqueza
inculcar podría, ni explicar intentando sobornarme,
ni siquiera el amor… aunque fuese tu amor.

La muerte, en aquella onda venenosa se hallaba,
y un oportuno sepulcro había en su remolino,
para quien desde allí, pudiese llevar el alivio
a su espíritu solitario,
a un alma solitaria que convertir podría
en edén el tétrico lago.