1829

 

SONETO A LA CIENCIA

 

¡Ciencia! ¡De los Antiguos Tiempos eres hija!
Transformas todo con tus incisivos ojos.
¿Por qué devoras el corazón del poeta,
buitre de alas que son opacas realidades?

¿Cómo podría el poeta amarte? ¿Cómo juzgarte sabia,
si tranquilo no le permites vagar
en su búsqueda de tesoros por enjoyados cielos,
aunque se remontase con ala resoluta?

¿No despojaste a Diana de su carro,
no expulsaste del bosque a la hamadríada,
y en una estrella más feliz debió refugiarse?

¿No arrebataste de su fuente a la náyade,
de la verde hierba al elfo, y a mí,
del sueño estival al pie del tamarindo?

 

AL AARAAF

 

1a. Parte

 

¡Oh, nada terrenal!, solamente el rayo difundido
por la mirada de la belleza y retornado por las flores,
como en aquellos jardines donde el día
surge de las gemas de Circasia.
¡Oh, nada terrenal!, solamente la emoción
melódica que brota del arroyuelo en el bosque
(música de los apasionados),
o el júbilo de la voz exhalada tan apacible,
que como el murmullo en la caracola
su eco perdura y habrá de perdurar…
¡oh, nada de nuestra escoria!,
sino la belleza toda, las flores que orlan
nuestro amor y que nuestros cenadores engalanan,
se muestran en tu mundo tan lejano, tan distante,
¡oh, estrella errante!

Para Nesace todo era dulzura porque allí yacía
su esfera reclinada en el dorado aire,
cerca de cuatro brillantes soles: un temporal descanso,
un oasis en el desierto de los bienaventurados.
En la distancia, entre océanos de rayos que restituyen
el empíreo esplendor al espíritu desencadenado,
a un alma que difícilmente (los oleajes son tan densos)
puede luchar contra su predestinada grandeza.
Lejos, muy lejos viajó Nesace, en ocasiones, hacia distantes esferas,
ella, la favorecida de Dios, y viajera reciente a la nuestra.
Pero ahora, de un mundo anclado soberana,
se despoja del cetro, abandona el supremo mando
y entre incienso y sublimes himnos espirituales,
baña en la cuádruple luz sus angelicales alas.

Ahora más feliz, más bella allá en la hermosa Tierra,
donde vio la luz la “idea de la belleza”
(cayendo en guirnaldas sobre más de una sorprendida estrella,
como cabellera femenina entre perlas, hasta que a lo lejos
encendióse en las colinas aqueas, y ahí moró),
miró Nesace hacia el infinito y se arrodilló;
espléndidas nubes como doseles en torno a ella se rizaban,
apropiados emblemas de la evocación de su mundo,
visto solo en la belleza, y que no perturba la contemplación
de otra rutilante hermosura entre la luz.
Una guirnalda entreteje cada constelación,
y confina en sus colores el opalino aire.

Se postró con urgencia Nesace en su lecho florido,
un lecho de lirios como los que se erguían
en el bello cabo Deucato y que anhelantes,
brotaron acá y allá dispuestos a suspenderse
bajo las etéreas pisadas, profundo orgullo,
de ella que amó a un mortal, y así murió.
Facelia, brotando junto a las delicadas abejas,
su tallo púrpura levanta en torno a sus rodillas;
y la resplandeciente flor, mal llamada de Trebizonda,
de las eminentes estrellas huésped, donde antaño avergonzó
a todas las bellezas; su enmelado rocío
(fabuloso néctar conocido por los paganos),
delirantemente dulce, gota a gota vertido desde el Cielo,
cayó en los jardines de los imperdonables,
en Trebizonda, y sobre una flor bañada por el sol,
tan parecida a la suya,
que aún conserva el néctar, y a la abeja
tortura con exaltación y raro ensueño;
en el Cielo y en sus contornos,
la hoja y la floración de la encantadora planta, penando
con desconsuelo persiste; oh tristeza que le hace inclinar su cabeza
arrepintiéndose de desatinos idos ha mucho tiempo,
e irguiendo en el fragante aire su blanco pecho,
como una belleza culpable, purificada y más bella;
Nictanta, tan sagrada como la luz,
teme perfumar perfumando la noche,
y Clitia, meditabunda entre más de un sol,
mientras que lágrimas quisquillosas por sus pétalos se deslizan.
Y aquella ambiciosa flor que brotó sobre la Tierra,
y murió antes de que penosamente se reanimara en su nacimiento,
estallando en espíritu su fragante corazón, y rauda
viajó al Cielo desde el jardín de un rey.
El loto Valisneria, que hacia allá escapó,
luego de su lucha con las aguas del Ródano.
¡Y tu más encantador perfume púrpura, oh Zante!
¡Isola d’oro!, ¡Fior di Levante!
Y el botón de Nelumbo que por siempre flota
con el Cupido de la India allá en el río sagrado;
¡bellas y encantadoras flores!, que a tu custodia se confía
transponer el canto de la Diosa en aras de fragancias al Cielo:

                   “¡Espíritu que habitáis
                   en el profundo cielo,
                   donde lo terrible y lo perfecto
                   en belleza rivalizan!
                   Más allá de la línea del azul,
                   el límite del astro
                   que se desvía al ver
                   vuestra barrera y vuestra valla;
                   esa barrera trascendida
                   por los expulsados cometas
                   de su trono y de su orgullo,
                   para ser esclavos hasta el fin
                   y portadores del fuego
                   (el fuego rojo de su corazón)
                   con velocidad incansable,
                   y dolor incesante;
                   oh vos que habitáis, eso lo sabemos,
                   en la eternidad, y lo sentimos;
                   pero la sombra en vuestra frente,
                   ¿qué espíritu la revelará?
                   Aunque los seres a quienes vuestra Nesace,
                   vuestra mensajera conoce,
                   han soñado para vuestra infinidad
                   como su modelo propio.
                   ¡Vuestra voluntad se ha cumplido, oh Dios!
                   Por las alturas ha surcado la estrella
                   entre numerosas tempestades, pero siempre viajó
                   delante de vuestra ardiente mirada.
                   Y aquí, con el pensamiento hacia vos dirigido,
                   pensamiento que solo asciende
                   a vuestra majestad,
                   y es partícipe de vuestro trono,
                   la fantasía alada
                   os entrega mi mensaje,
                   hasta que lo secreto sea conocimiento
                   en las cercanías del Cielo”.

Concluyó su canto, y hundió sus ardorosas mejillas,
avergonzada, entre el lecho de lirios,
buscando refugio ante el fervor de su mirada,
porque los astros tiemblan en presencia de la deidad.
No se perturbó, ni respiró, porque ahí mismo había una voz,
¡cuán solemne impregnaba el apacible aire!,
sonido del silencio en los sobresaltados oídos
al que los soñadores poetas llaman “música de las esferas”.
Un mundo de palabras es nuestro mundo, y a la quietud
llamamos “silencio”, que es la más simple de todas las palabras.
Habla toda la naturaleza, y hasta de las cosas ideales
se desprenden intangibles sonidos por la agitación de visionarias alas.
Pero no así, cuando en los dominios de las alturas
escúchase la eterna voz de Dios,
¡y los rojos vientos decaen en el Cielo!

“Aun cuando en los mundos rigen invisibles ciclos
sujetos a un pequeño sistema y a un sol,
son mundos en los que todo mi amor es insensatez, y todavía concibe
la muchedumbre mis terrores, por la ira de la nube del trueno,
de la tormenta, del terremoto y del océano furioso
(¿se cruzarán conmigo en mi senda iracunda?).
Aun cuando en los mundos poseedores de un solo sol
se atenúan las arenas del tiempo conforme se escapan,
siempre vuestro es mi resplandor, así consagrado
para preservar a través del Cielo mis secretos.
¡Abandonad vuestro cristalino hogar,
y con vuestro séquito por el lunado cielo volad,
pero debéis disperaros como luciérnagas en la noche siciliana,
y que os lleven vuestras alas a otros mundos, con otra luz!
¡Divulgad los secretos de vuestra misión
a los orgullosos orbes titilantes,
y que sean para cada ocasión, barrera y proclama!
¡Qué no se tambaleen las estrellas por la culpa del hombre!”.

En la ambarina noche irguióse la doncella,
¡el ocaso de una sola luna! (en la Tierra comprometemos
a un amor nuestra fe, y adoramos a una luna),
nada más tenía el sitio donde nació la flamante belleza.
Y cuando emergió el astro de ámbar de las aterciopeladas horas,
se levantó la doncella de su florido santuario,
y por la brillante montaña y la mortecina planicie inició
su camino, mas no abandonó todavía su reino de Terasia.


2a. Parte

 

En lo alto de una montaña de cumbre esmaltada,
(el soñoliento pastor en su lecho
de enorme pasto, tranquilo reposa,
levanta sus pesados párpados, se sobresalta y verifica,
murmurando repetidas expresiones de que “espera ser perdonado”,
y a qué hora alcanza la luna su culminación en el cielo),
de rosada cúspide que imponente se destaca a lo lejos,
adentrándose en el éter iluminado por el sol, y captura los rayos
de los soles ocultados al atardecer (a medianoche,
mientras que la luna danzaba con bella y foránea luz),
se erigió un conjunto allí, en esas alturas,
de magníficas columnas en el tenue aire,
fulgurando desde los mármoles de Paros esa simétrica sonrisa
sobre las lejanas olas que allí relumbran,
y que protegen a la formidable montaña en su fundamento.
Pavimentada de estrellas fundidas, como si hubiesen caído
a través del aire de ébano, plateando el manto mortuorio
de su propia disolución, mientras que van muriendo,
las celestes moradas adornan.
Descendida una cúpula desde el Cielo unida por la luz,
delicadamente se posó como una corona sobre las columnas;
una ventana hecha de circular diamante
ahí mira hacia el exterior, hacia el aire purpúreo,
y los rayos de Dios matizaron aquella cadena de meteoros,
y de nuevo consagraron toda la belleza,
salvo cuando entre el Empíreo y aquel anillo,
sus negras alas batió un ávido espíritu.
Pero en los pilares los ojos de los serafines vieron
de este mundo la oscuridad: ese verde grisáceo,
preferido color de la naturaleza para la tumba de la belleza,
oculto en cada cornisa y alrededor de cada arquitrabe…
y los esculpidos querubines que por ahí se hallan,
que atisban desde sus moradas marmóreas,
terrenales parecían en la sombra de sus nichos.
¿Estatuas aqueas en un mundo tan precioso?
¡Frisos de Tadmor y Persépolis,
de Baalbek, y el claro y silencioso abismo
de la bella Gomorra! ¡Ah, sobre ti está ahora la ola,
pero ya es demasiado tarde para rescatarte!

Ama el sonido deleitarse en la noche estival:
testigo del gris crepúsculo es el murmullo
que sigiloso, llegó a los oídos, en Eiraco,
de los visionarios observadores de astros mucho tiempo ha.
Llega siempre furtivo a los oídos de aquel,
que contemplativo, su mirada fija en la umbrosa distancia,
y ve aproximarse como una nube la oscuridad…
¿No es su forma, su voz, más sonora y palpable?

Pero, ¿qué es esto? Viene y trae
consigo música: hay un agitar de alas,
una pausa, y luego del espacio surca descendente una cadencia,
y Nesace está de nuevo en sus salones.
Por la desbordante energía de su jovial urgencia,
encendidas están sus mejillas, entreabiertos sus labios,
y el cinto que ciñe su graciosa cintura
por el palpitar de su corazón se ha reventado
En el centro del salón aquel, y para respirar,
se detiene Zante. ¡Y todo bajo el fulgor
de la bella luz que besa su dorada cabellera;
ansiaba ella el descanso, mas solo resplandecer podía!

Delicadas flores susurraban melodías
a algunas flores aquella noche, a los árboles, de uno a otro,
y fuentes de las que brotaba música mientras que se derramaban
entre arboledas a la luz de las estrellas, y en los valles a la luz de la luna.
Pero acalló el silencio las cosas materiales
(bellas flores iridiscentes, cascadas y alas de ángeles)
y solamente el sonido surgido del espíritu,
fue la vibración del encanto que entonó la doncella:

                  “Debajo de las campanillas, de los arcos      
                   de la aurora, del florido ramaje, o de las cimas de flores,
                    protégese el soñador
                   de los rayos lunares.
                   Seres luminosos, que meditáis
                   con entornados ojos
                   en las estrellas atraídas
                   por vuestra fantasía de los Cielos,
                   brillando ellas a través de las sombras
                   y que descienden en vuestras frentes,
                   como los ojos de la doncella
                   que ahora os llama;
                   levantáos y abandonad vuestro soñar
                   en violáceos cenadores;
                   id a vuestras tareas, pues el deber os llama
                   en estas horas plenas de estelares luces,
                   y sacudid vuestras cabelleras
                   por el rocío abrumadas,
                   y por el aliento de esos besos,
                   que también las agobian
                   (¿cómo podrían, amor, sin ti
                   ser benditos los ángeles?),
                   ¡besos aquellos de amor sincero
                   que os han arrullado hasta el reposo!
                   ¡Arriba! Sacudid de vuestras alas
                   todo estorbo;
                   el nocturno rocío
                   lastre sería para vuestro vuelo,
                   y también las caricias del amor sincero,
                   esas, dejadlas aparte,
                   son leves en los cabellos
                   pero plomo en el corazón.

                  ¡Ligeia! ¡Ligeia!,
                   bella mía,
                   tu idea más desagradable
                   se transforma en melodía.
                   ¿Es tu voluntad
                   oscilarte armónicamente en las brisas,
                   o inmóvil por capricho,
                   como el solitario albatros,
                   apoyada en la noche
                   (como él en el aire)
                   para vigilar con deleite
                   la armonía de este lugar?

                   ¡Ligeia! Dondequiera
                   que se halle tu imagen,
                   no hay magia que separe
                   tu música de ti.
                   Has atraído infinidad de ojos
                   en un dormir de sueños,
                   pero emergen aún las armónicas cadencias
                   que tu vigilia tutela.
                   El sonido de la lluvia
                   que salta en las flores,
                   y baila nuevamente
                   al ritmo del chubasco,
                   el murmullo que brota
                   del crecer de la hierba,
                   música de las cosas son,
                   pero arquetipos son al fin.
                   Ve, pues, mi amadísima,
                   date prisa y llega
                   a los más diáfanos manantiales
                   bajo los rayos lunares;
                   al sonriente lago solitario
                   en su sueño de sumergido reposo;
                   a las estelares islas
                   de enjoyados pechos;
                   donde las silvestres flores, trepando,
                   sus sombras tejen,
                   y en sus bordes duermen
                   infinidad de doncellas;
                   algunas abandonaron la fría claridad
                   y con la abeja duermen;
                   despertadlas, doncella mía,
                   en el páramo y en la pradera,
                   ¡ve!, susurra en su sueño,
                   suavemente al oído
                   la armónica cadencia
                   que soñaron oír,
                   mas, ¿qué puede despertar,
                   tan temprano a un ángel,
                   cuyo sueño ha transcurrido
                   bajo la fría luna,
                   como el conjuro aquel que ningún sueño
                   de brujería probar puede
                   aquella armónica cadencia
                   que le arrulló al reposo?”

Alados espíritus, y ángeles visibles,
serafines mil surgen a través del Empíreo,
donde revolotean sus recientes sueños en su vuelo soñoliento;
serafines absolutos, salvo en “conocimiento”, la luz viva
que cayó refractada al cruzar por tus límites, lejos,
¡oh muerte!, desde los ojos de Dios hasta esta estrella.
Bella fue aquella transgresión, más dulce aún que la muerte,
bella fue aquella transgresión, y hasta en nosotros el aliento
de la ciencia opaca el espejo de nuestra alegría…
Para ellos era el simún, una fuerza destructora,
pero, ¿qué motivo tiene ahora para ellos saber
que la verdad es falsedad, o la felicidad es amargura?
Bella fue su muerte, y el morir para ellos
fue el éxtasis postrero de la plenitud de la vida;
y más allá de aquella muerte, ninguna inmortalidad,
solamente el reflexivo sueño y no ha de “ser”.
Y allá, ¡pudiese mi fatigado y débil espíritu habitar
lejos de la eternidad del Cielo, y empero cuán lejos del Infierno!

¿Qué espíritu culpable, y en qué oscuros arbustos
no escuchó la inflamada la exhortación de aquel himno?
Solo dos; y cayeron, porque no concede gracia el Cielo
a quienes no escuchan por el palpitar de sus corazones:
un ángel doncella y su amante serafín.
¿Dónde, (y buscar puedes por los anchurosos cielos)
el ciego amor fue conocido como solemne deber?
El amor, sin guía, cayó entre “lágrimas de perfecto gemido”.

Resplandeciente fue el espíritu caído;
caminante por entre fuentes vestidas de musgo,
observador de las luces que en lo alto brillan,
soñador en el ser amado bajo los rayos de la luna.
Y, ¿por qué maravillarse?, si toda estrella allí es como un ojo
que mira  tan amorosamente mirando el cabello de la belleza;
y ellas, y cada musgoso manantial eran sagrados
para su corazón poseído por el amor y la melancolía.
La noche encontró al joven Angelo (oh noche de dolor para él)
en el risco de una montaña,
que proyectándose a través  del solemne cielo,
ofrece un aspecto amenazador a los mundos estrellados que bajo él yacen.
Aquí permaneció Angelo con su amor y con mirada aquilina,
dirigidos sus negros ojos en la extensión del firmamento;
los volvió hacia ella, pero entonces se estremecieron
de nuevo al contemplar la esfera de la Tierra.

“¡Ianthe, queridísima, mira, cuán tenue aquel rayo,
y qué bello es mirarlo hacia la lejanía!
No se mostraba así el orbe, aquella tarde otoñal
cuando dejé sus magníficos salones, sin lamentar ausentarme.
Aquella tarde, oh aquella tarde (debería muy bien recordarla)
los rayos solares cayeron en Lemnos hechiceramente
en los esculpidos arabescos de un dorado salón
donde permanecí, y en una tapizada pared,
y en mis párpados. ¡Oh, qué luz tan opresiva!
¡Cuán adormecedoramente los fue sumiendo en la noche!
Entre flores, niebla y amor huyeron
con el persa Saadi por su Gulistán.
Pero, ¡oh, esa luz! Me dormí; y mientras tanto la muerte
estaba como a la espera de mis sentidos en esa adorable isla,
tan delicadamente, que ni una asedada cabellera
durmiendo, despertó o supo que ahí permanecía.

El último rincón de la Tierra que pisé
fue un orgulloso templo llamado El Partenón;
más belleza se adhería en sus paredes de columnata
que la que se anida en tu ardoroso pecho latiente;
y cuando el anciano tiempo mis alas liberó,
desde allí me remonté como el águila de su torre,
y en un instante, años dejé tras de mí.
¡Todo el tiempo en que estuve suspendido sobre sus aéreos límites,
la mitad del jardín de su esfera surgió,
desplegando ante mi vista, como un mapa,
también deshabitadas ciudades del desierto!
Entonces me abrumó la belleza, Ianthe,
y casi deseé otra vez ser hombre”.

“¡Angelo mío!, y, ¿por qué ser uno de ellos?
Existe aquí para ti una morada más feliz y luminosa,
y campos más verdes que en aquel mundo,
y la belleza de la mujer, y el amor apasionado”.

“Pero, ¡escucha Ianthe! Cuando por su liviandad el aire
disminuyó, y al saltar mi alado espíritu hacia el espacio,
quizá mi cerebro se aturdió, porque el mundo
que poco antes abandoné, sumido estaba en el caos;
de su sitio emergió, sobre los vientos separados,
una llama que se desplazó por el ígneo Cielo.
Me pareció, entonces, mi dulce bien, que cesaba de volar,
cayendo no tan raudamente como antes me elevé,
sino con un movimiento trepidante, descendente,
a través de la luz, de los broncíneos rayos, hasta esta dorada estrella.
No fue larga la medida de mis horas en mi caída,
porque el más cercano de todos los astros, era éste, el tuyo.
¡Oh temible estrella!, y apareció en medio en una noche de júbilo,
un rojo Dedalión sobre la tímida Tierra”.

“Llegamos, y a la Tierra tuya, pero a nosotros
no se nos permite discutir el mandato de nuestra dama;
a todos los rincones llegamos, amor mío,
alegres luciérnagas de la noche fuimos y vinimos;
sin demandar razones, salvo el asentimiento angélico
que ella nos confiere, como es conferido por su Dios…
Pero, Angelo, ¡el tiempo gris nunca desplegó
sus alas sobre un mundo más bello que el tuyo!
Tenue era su pequeño disco, y solo los ojos de los ángeles
podían ver el espectro en los cielos,
cuando supo Al Aaraaf que su curso
era precipitado hacia aquí, sobre el estrellado mar;
¡mas cuando su gloria se expandió en el cielo,
así como el reluciente busto de la Belleza frente a la mirada humana,
nos detuvimos ante el legado de los hombres,
y tu astro tembló, tal como entonces tembló la Belleza!”.

Así discurriendo, los amantes se entretuvieron
durante la noche que se acortaba, y se acortaba, y no traía el día.
Cayeron ellos, porque el Cielo no concede esperanza
a quienes no escuchan por el palpitar de sus corazones.  

    
ROMANCE

 

El romance, gustoso de asentir y cantar,
con soñolienta cabeza y alas plegadas,
entre las verdes hojas estremecidas
sobre un lago ensombrecido,
para mí un pintoresco papagayo
había sido, ave muy familiar,
que me enseñó el alfabeto a decir,
y a pronunciar mis primeras palabras,
mientras que tendido estaba en el desafiante bosque,
yo, un niño de mirada inquisitiva y astuta.

En estos últimos años, cóndores eternos
violentos sacuden el Cielo
como truenos pasando tumultuosos,
que tiempo no tengo ya para ociosas preocupaciones,
en la contemplación de la inquieta bóveda celeste.
Y si un intervalo, con alas más tranquilas,
su plumón arroje sobre mi espíritu,
y consuma aquel tiempo con lira y verso,
¡cosas prohibidas!,
cometería mi corazón un crimen
si no vibrara con las cuerdas.

 

A

 

En mis sueños contemplo en las glorietas
las canoras aves más graciosas;
son labios… y toda tu melodía
de palabras pronunciadas.

Tus ojos, en el Cielo del corazón venerados
como reliquia, caen entonces desoladamente,
¡oh Dios!, sobre mis funestos pensamientos
como luz de estrellas en un paño mortuorio.

Tu corazón, ¡sí, tu corazón!… me despierto y suspiro,
duermo y sueño hasta el día
en que la verdad nunca el oro pueda comprar,
como adquirir sí puede fruslerías.

 

AL RÍO——­

 

¡Hermoso río!, en tu brillante y diáfana corriente
de agua cristalina y viajera,
emblema eres del resplandor
de la Belleza, el visible corazón, y
la juguetona perplejidad del Arte
en la hija del viejo Alberto;

mas cuando ella mira en la profundidad de tu onda,
que entonces reluce y tiembla,
el más bello de los arroyos
se asemeja a su adorador,
porque en su corazón, como en tu corriente,
yace profundamente la imagen de ella,
y su corazón estremécese ante los rayos
de los ojos de aquella que su alma penetran.

 

A

  No me importa que mi terrenal destino
tuviese de la Tierra un ápice,
y que años de amor olvidados quedasen
en el odio de un instante;
no me lamento porque los afligidos
sean más felices, oh amada, que yo,
sino porque tú sientas tristeza por mi destino,
siendo yo un simple transeúnte.

 

EL PAÍS DEL MÁGICO ENCANTO

  Difusos valles y oscuros ríos,
y nublados bosques,
formas veladas por las lágrimas
que gota a gota cubren toda la extensión.
Lunas inmensas que crecen y menguan
una vez y otra vez, y otra vez,
cada instante de la noche
y de posición siempre cambiantes,
apagando la luz de las estrellas
con el aliento de sus pálidos rostros.
A eso de las doce, en el reloj lunar,
una de ellas, más tenue que las restantes
(una luna que ante la prueba
consideraron ser la mejor)
desciende, y desciende, y desciende,
centrándose en el vértice
de la cumbre de una montaña,
mientras que su amplia circunferencia
se derrama en pródigos cortinajes,
sobre aldeas y estancias,
dondequiera que se hallen,
sobre extraños bosques, y el mar,
sobre alados espíritus,
y soñolientas cosas,
sepultando todo, íntegramente
en un laberinto de luz.
¡Y qué honda entonces, qué profunda
es la pasión de su sueño!
Por la mañana despiertan,
y el manto lunar
sube a las grandes alturas de los cielos,
con las tempestades agitándose
como… casi cualquier cosa,
o un albatros amarillo.
Y ya no emplean más esa luna
con el mismo fin que antes,
es decir, como un dosel
que estimo extravagante;
pero de esa luna, sus partículas
como la lluvia se dispersan,
y aquellas mariposas
de la Tierra que buscan los cielos,
volviendo por ello a bajar
(¡cosas nunca satisfechas!)
traen una muestra prendida
en sus temblorosas alas