1831

 

A HELEN

 

Helen, tu belleza es para mí
como antaño aquellos barcos de Nicea,
que en el perfumado mar en calma,
llevaron al viajante fatigoso y agobiado
a su nativa costa.

A través de mares borrascosos, de antiguo hábito viajero,
tu cabello de jacinto, tu rostro clásico,
tu porte de náyade, me han retornado al hogar
de la gloria que fue Grecia,
de la grandeza que fue Roma.

Erguida en el luminoso nicho aquel de la ventana
como estatua te vi,
con la lámpara de ágata en tu mano.
¡Oh, Psique, nativa de las regiones
que son Tierra Santa!

 

ISRAFEL

Y el ángel Israfel, cuyos sentimientos más profundos
son un laúd, tiene la voz más dulce de todas las
criaturas de Dios. EL CORÁN.

 

Habita en el Cielo un espíritu
“cuyos sentimientos más profundos son un laúd”;
nadie canta tan apasionadamente
como el ángel Israfel,
y las veleidosas estrellas (cuenta la leyenda)
suspendiendo sus himnos, el encanto escuchan
de su voz, enmudecidas.
Vacilante, arriba
en su cenit,
la enamorada luna
de amor sonrójase,
mientras que para escuchar, el rayo escarlata
(y también las raudas Pléyades,
que eran siete)
se detienen en el Cielo.

Y dicen ellos (el coro estelar
y todo lo que escucha)
que el fuego de Israfeli
se enciende con esa lira,
por cuya gracia se sienta y canta,
con las vibrantes cuerdas
de tan prodigioso instrumento.

Pero habita este ángel en los cielos,
donde el pensar profundo es un deber,
un Dios pleno es el amor,
donde la hurí fulgura,
impregnados todos de la belleza
que adoramos en un astro.

¡Oh, Israfeli!, no estás errado
cuando menosprecias
un canto desprovisto de pasión;
pertenecen a ti los laureles,
¡bardo superior por más sabio,
larga y venturosa vida!

Los éxtasis del Empíreo
armonizan con tus ardientes compases;
tu pena y felicidad, tu odio y amor,
con el fervor de tu laúd.
¡Bien pueden enmudecer los astros!

Sí, tuyo es el Cielo, mas nuestro mundo
es un mundo de deleites y amarguras,
nuestras flores son… flores,
y la sombra de tu perfecta felicidad,
son los rayos de nuestro sol.

Si yo pudiese vivir
donde habita Israfel,
y él donde yo vivo,
cantar no podría él tan apasionadamente
una mortal melodía,
y una nota más osada podría brotar
de mi lira hasta el cielo.


LA CIUDAD BAJO EL MAR

 

¡Mirad! La muerte se ha erigido un altivo trono
en una extraña ciudad solitaria,
que yace allá abajo, lejos, muy lejos, en el sombrío Oeste,
donde los buenos y los malos, los peores y los mejores
partieron a su eterno descanso.
Allí, santuarios, y palacios, y torres
(¡torres roídas por el tiempo que no se estremecen!)
que en nada evocan lo nuestro.
Y en derredor, olvidadas de los vientos que se elevan,
resignadamente bajo el cielo
melancólicas reposan las aguas.

No caen de los sagrados cielos rayos
en las prolongadas noches de esa ciudad,
mas la luz del rubescente mar
asciende en silenciosos flujos por las torretas,
fulgurando tenuemente los pináculos;
asciende por domos, capiteles y reales salas,
por templos, por murallas como  babilónicas,
por lúgubres y olvidados templetes
de hiedra esculpida y flores de piedra,
por muchos y maravillosos santuarios
cuyos orlados frisos, entretejen
la violeta, la vid y la trinitaria.

Resignadamente bajo el cielo
melancólicas reposan las aguas.
Ahí armonizan las torretas y las sombras,
y oscilar parecen como péndulos en el aire,
mientras que desde una altiva atalaya de la ciudad,
extiende la muerte su mirada gigantesca.

Allí, templos abiertos y tumbas que descubren sus fauces,
bostezan a ras de las ondas luminosas;
pero ni las riquezas presentes en los ojos
diamantinos de cada ídolo,
ni los muertos vistosamente enjoyados
tientan a las aguas a abandonar su lecho,
porque, ¡qué tristeza!, ninguna ondulación se riza
en la amplitud de aquel desierto de cristal;
ninguna ola henchida anuncia que hay vientos
en otro mar lejano y más feliz;
ninguna marejada sugiere que existen vientos
en mares menos horriblemente calmos.

Pero, ¡observad!, estremecióse el aire
y una ola se agita, y es un movimiento
como si las torres hubiesen arremetido, y se retraen
con un leve hundimiento, y avanza la sorda marea;
como si hubiesen dejado sus cúspides
un vacío en el nebuloso Cielo;
ahora las olas adquieren un resplandor más rojo,
el respiro de las horas es débil y deprimido,
y cuando entre gemidos no terrenales
se hunda, y quede en el mar sepultada la ciudad,
el infierno, irguiéndose de sus mil tronos,
entonces le rendirá homenaje.

DORMIDA

 

Aquí estoy de pie, bajo la mística luna,
en una medianoche del mes de junio.
Del astro su halo de oro exhala
un vapor opiáceo pleno de rocío, tenue,
que se vierte gota a gota
sobre la callada cima de la montaña,
a hurtadillas, y que soñoliento y armonioso fluye
hasta el valle universal.
Oscila sobre la tumba el romero
y en la onda busca su apoyo el lirio;
envolviendo su seno con la niebla
la ruina en su reposo se desmorona;
¡mirad!, semejante al Leteo, parece el lago
abismarse en un sueño consciente,
y despertar no quisiera de su sopor.
¡Toda la belleza duerme! ¡Y contempla donde yace
Irene, y sus destinos!

¡Oh, dama de la luz!
¿Cómo? ¿Por qué tu ventana está abierta a la noche?
Desde las copas de los árboles, los juguetones aires,
risueños se introducen por el enrejado;
los incorpóreos aires, huida de un brujo,
entran, y salen raudos de tu aposento,
caprichosamente, ominosamente
sobre los cerrados párpados y el fleco de las pestañas,
tras donde oculta yace tu alma dormida;
y por el piso y las paredes
suben y caen las sombras fantasmagóricas.
¡Oh, querida dama! ¿No tienes miedo?
¿Por qué estás soñando aquí, y qué sueñas?
¡Debes haber venido por lejanos mares
y eres un prodigio en este jardín arbolado!
¡Extraña es tu palidez! ¡Extraño tu vestido!
¡Extraña, sobre todo, la espléndida extensión de tu cabellera,
y extraño es todo este silencio solemne!
¡La dama duerme! ¡Oh, que pueda su sueño,
como prolongado, ser tan profundo!
¡Téngala el Cielo bajo su santa custodia!
Que trocado sea este aposento por uno más sagrado,
que trocado sea este lecho por uno más melancólico.
¡Rezo a Dios para que ella descanse
por siempre con los ojos cerrados,
mientras pasan a su lado los difuntos!

¡Ella, mi amor, duerme! ¡Oh, que pueda su sueño,
como perdurable, ser tan profundo!
¡Que suavemente a su alrededor se arrastren los gusanos!
Que en el lejano bosque, oscuro y antiguo,
se abra para ella una elevada cripta,
una cripta que con frecuencia ha separado
sus negros y alados portones,
triunfantes frente a los blasonados féretros,
en los funerales de sus ilustres familiares.

Un lejano sepulcro, solitario,
donde ella, en su niñez, lanzó contra el imponente pórtico
más de una ociosa piedra;
alguna tumba en cuya resonante puerta
nunca más obtendrá un eco,
y estremeciéndose al pensar, ¡pobre niña del pecado!,
que eran los muertos que adentro gemían.


UN PEÁN

I 

  ¿Cómo  se oficiará el fúnebre ritual?
¿Se entonará el solemne himno?
¿Y el réquiem por la muerta más bella,
que tan joven nunca murió?

II

 

Sus amigos la contemplan
en su féretro de relumbrón,
¡y lloran, deshonrando
con una lágrima a la beldad muerta!

III

  Por su riqueza la amaron,
y por su orgullo la odiaron,
pero su salud quebrantóse,
y la aman… ahora que ha muerto.

IV

  Ellos me dicen (mientras hablan
de su “costoso y bordado paño mortuorio”)
que mi voz se ha vuelto débil,
y que cantar no debo.

V 

  O bien, que mi tono debe estar acorde
con tan solemne canto,
y que sea tan doloroso, tan doloroso,
que la muerta no perciba ofensa.

VI

  Pero ella ha partido al Cielo
llevándose consigo mi débil esperanza;
y yo estoy embriagado con el amor
de mi ausente desposada.

VII

  De la muerta, de la extinta yacente
toda ella rociada de perfume,
con la muerte en sus ojos,
y en sus cabellos la vida.

VIII

  De la muerta, de la extinta yacente
toda ella rociada de perfume,
con la muerte en sus ojos,
y en sus cabellos la vida.

IX

  Has muerto en el junio estival de tu vida,
pero no moriste demasiado bella,
ni moriste demasiado pronto,
ni con un viento demasiado apacible.

X

  De más que espíritus malévolos en la tierra,
tu vida y tu amor se separaron,
para unirse a la inmaculada alegría
de los bienaventurados espíritus del Cielo.

XI

  Por ello, esta noche para ti
no elevo un réquiem,
mas en tu viaje te acompañaré
con un peán de los antiguos tiempos.



EL VALLE DEL DESASOSIEGO


  Sonrió en el pasado un pequeño, apartado
y silencioso valle donde ya nadie vive,
pues a las guerras partieron sus habitantes,
encomendando a las estrellas de brillantes ojos,
que todas las noches, desde sus azules torres,
vigilaran a las flores,
flores en las que durante el día,
indolente reposa la rojiza luz del sol.
Ahora, cada visitante confesará
el desasosiego del triste valle.
Nada está inmóvil, nada,
solo el aire que domina
la mágica soledad.
¡Ah, ningún viento agita aquellos árboles
palpitantes, como los helados mares
de las brumosas Hébridas!
¡Ah, ningún viento impulsa aquellas nubes
que susurran a través del inquieto Cielo,
penosamente desde la mañana hasta la noche,
sobre las violetas extendiéndose
como miríadas de ojos humanos,
sobre los lirios que allí ondean,
y lloran sobre un sepulcro sin nombre!
Ondean, y de sus fragantes corolas
gotas de rocío eterno caen;
lloran, y de sus delicados tallos
como gemas descienden perennes lágrimas.