1833

 

ENIGMA

  El nombre más ilustre del folio alegórico,
escrito por mano de inexorable ira;
un ameno moralista cuyas bruñidas páginas
ostentan de la mente su más profundo conocimiento;
un delicado poeta de extranjera lengua
(que escribió en el lenguaje de su canto).
Un bardo de brillante, mas desenfrenada poesía,
y de un golpe, estigma y gloria de nuestra época,
el príncipe de la armonía y de excitantes sentimientos,
antiguo y preeminente dramaturgo,
un poeta que pinceló los poderes de la imaginación,
y el canto de quien revive abandonadas horas,
una vez más el recordado y del tiempo antiguo trágico, 
cuya audacia conceptual a todos superó.
Y de estas líneas correctamente leídas, surgirá vasto conocido nombre,
 que acopia las glorias de todos, así como la suya propia.

 

SERENATA

  Tan fragante la hora, tan sereno el tiempo,
que siento casi criminal
cuando Natura duerme, y silentes están las estrellas,
manchar el silencio aun con un laúd.
Apoyada sobre las brillantes tonalidades del océano
se extiende una imagen del Elíseo;
siete Pléyades extasiadas en el Cielo
en el piélago forman otras siete;
y Endimión, soñoliento desde las alturas,
en el mar contempla un segundo amor.
En los marrones y penumbrosos valles,
y sobre la cumbre espectral de la montaña,
la cansada luz se extingue,
y la tierra, y las estrellas, y el mar, y el cielo
olorosos están de sueño, como yo
estoy oloroso a ti y a tu
fascinante amor, Adeline mía.
Mas escucha, ¡oh, escucha!… tan delicada y suave
ascenderá esta noche la voz de tu amante,
que apenas despiertes, sentirá tu alma
mis palabras como la música de un sueño.
Y mientras que ningún áspero sonido aislado
en la quietud de tu sueño sea intruso,
nuestros pensamientos, nuestras almas, ¡oh, Dios de las Alturas!,
en cada intención se confundirán, oh amor.

 

[CANTO TRIUNFAL]

  ¿Quién es rey, sino Epifanes?
¡Decidlo!, ¿lo sabes tú?
¿Quién es Dios, sino Epifanes?
¡Decidlo!, ¿lo sabes tú?
¡No hay nadie como Epifanes,
no, no hay nadie!
¡Derribad entonces los templos
y apagad  el sol!

 

A—— 

 

Duerme aún, una hora más, duerme aún;
interrumpir no quisiera un sueño tan sereno,
para que despiertes a la luz del sol y a la lluvia,
a las sonrisas y al llanto.

Duerme aún, duerme aún, como un ser esculpido,
majestuosa y bella como eres tú;
un serafín constante con sus alas te protege,
y tu semblante abanica.

¡No pensaríamos que eres hija de la Tierra,
porque angélical es tu figura!,
y en el Cielo naciste,
de donde no proceden tormentas

a herir la perfecta y luminosa flor,
sino que todo es silencioso y bello,
y arenas doradas anuncian la hora
que no transporta aires malignos.

Duerme aún, duerme aún, que algún mágico sueño
se entreteje en tu dormir;
porque tu espíritu, calmo y sereno,
para llorar despertará.

 

FANNY

 

En los nórticos lagos el moribundo cisne
canta su efusivo canto de muerte, dulce y diáfano,
y tal como se rompe la solemne música
sobre la colina y el valle, en el aire se diluye;
así, musical, se acercó tu suave voz,
así, en tus palabras tembló mi nombre.

Como los rayos del sol a través de la nube de ébano,
que ocultan el majestuoso cielo de medianoche,
y penetran el frío sudario negro al caer la tarde,
surgió así la primera mirada de tus ojos,
mas como diamantina roca,
mi espíritu se opuso desafiante al impacto.

Que el recuerdo vuelva a la conciencia de quien
su corazón en tu santuario ofrendó,
cuando se pierdan, a lo lejos, sus pasos;
ten presente que juzgó divinos tus encantos,
una víctima en el ara del amor inmolada
por hechiceros ojos que indiferentes miraban.

 

EL COLISEO

 

¡Símbolo eres de la antigua Roma!
¡Precioso relicario de excelsa admiración, legado al tiempo
por sepultadas centurias de fausto y poderío!
Por fin, tras larga jornada
de fatigosa peregrinación y de ardiente sed
(sed de los manantiales del saber que encierras),
renovado y humilde me arrodillo
entre tus sombras, y bebo en mi alma
tu grandeza, tu melancolía y tu gloria.

¡Inmensidad, Siglos y recuerdos de la Antigüedad,
Desolación, y Silencio, y Oscura Noche!
Te siento ahora en tu inmensa fuerza,
¡oh encantador poder más infalible que nunca rey alguno de Judea
infundió en el huerto de Getsemaní!
¡Oh belleza más irresistible que nunca la exática Caldea
atrajo el aura de las serenas estrellas!

Aquí, donde cayó un héroe, se desploma una columna.
Aquí, donde áurea relumbró el águila imperial,
el sombrío murciélago a medianoche se mantiene en vigilia.
Aquí, donde sus doradas cabelleras las matronas romanas
ondearon al viento, ahora ondean la hierba y el abrojo.
Aquí, donde en su trono de oro reclinado estuvo el César,
se escurre como un espectro, hasta su marmóreo escondrijo,
alumbrada por el tenue resplandor de una creciente luna,
el ágil y silencioso lacertilio de las piedras.

Pero, ¡medita!, estos muros, estas arcadas por la hiedra revestidas,
estos desmoronados plintos, estos fustes aflictivos y ennegrecidos,
estos cornisamentos indefinidos, este friso que se desintegra,
estas resquebrajadas cornisas, este naufragio y ruina,
estas piedras, ¡ay!, estas grises piedras,
¿es todo cuanto de lo afamado y colosal
nos dejaron las corrosivas horas, al destino, y a mí?
“¡Eso no es todo!”, me responde el eco, “¡no, no es todo!”
“Proféticas y heroicas voces, por siempre ascienden
desde nuestros corazones y de la ruina toda hasta el intelecto de los sabios,
como la melodía que Memnón dedicó a la aurora.
Reinamos en la energía vital de los hombres más poderosos,
reinamos con despótica influencia en todos los espíritus gigantes.
No somos pálidas piedras impotentes.
No toda nuestra fuerza se extinguió, ni toda nuestra fama,
no toda la magia de nuestro gran renombre,
ni todos los prodigios que nos circundan,
no todos los arcanos en nosotras latentes,
ni todos los recuerdos persistentes en nosotras,
porque nos ciñen como vestidura,
y nos cubren con un manto más fulgurante que la gloria”.