1835-1836

 

ESCENAS DE “POLITIAN

 

DRAMA INÉDITO

 

I

 

      ROMA. Salón de un Palacio. ALESSANDRA y CASTIGLIONE


         ALESSANDRA. ¡Estás triste, Castiglione!
         CASTIGLIONE.                                        ¿Triste? No, no estoy triste.
¡Soy el hombre más feliz de Roma!
Dentro de pocos días, lo sabes, mi querida Alessandra,
serás para mí. ¡Oh, soy muy feliz!
         ALESSANDRA. Me parece que tienes una forma muy singular de mostrar
tu felicidad. ¿Qué te afecta, primo mío?
¿Por qué suspiras tan profundamente?
         CASTIGLIONE.                            ¿Suspiré?
No estaba consciente de ello; es una costumbre tonta, una tontísima costumbre que tengo
cuando me siento muy feliz, Alessandra. ¿Suspiré? [suspirando]
         ALESSANDRA. Sí, lo hiciste. No estás bien, Castiglione. Has sido muy disoluto
de un tiempo para acá, y eso me indigna comprobarlo.
Trasnochas en exceso, disipas las horas, y el vino bebes sin medida alguna, Castiglione.
Ese comportamiento te arruinará. Y estás alterado,
te ves macilento, y nada consume
         más el organismo que esos abusos.
         CASTIGLIONE. [meditando] Nada, mi bella prima, nada,
         ni aun la más profunda pena
consume en verdad la salud tanto como las horas perniciosas y el vino.
Voy a hacer un propósito de enmienda.
            ALESSANDRA.                            ¡Hazlo! Y te exigiría que te apartaras     
también de tus amistades licenciosas, de esos tipos de baja estofa,
porque esa conducta no conviene al heredero del anciano Di Broglio,
ni al marido de Alessandra.
         CASTIGLIONE.          Lo haré, lo haré.
         ALESSANDRA. Lo harás, y es más, ¡debes hacerlo! Y por otra parte, cuida
más de tu ropa, de tu carruaje y sirvientes; son excesivamente
sencillos para tu elevada posición y estilo de vida; mucho depende
de las apariencias, recuerda.
         CASTIGLIONE. Me aseguraré de ello.
         ALESSANDRA. Entonces, ¡asegúrate bien! Presta más atención, señor,
y trata de adquirir un aspecto más adecuado; mucho necesitas
para tu dignidad.
         CASTIGLIONE. Sí, mucho, mucho; mucho necesito
para una decorosa dignidad.
         ALESSANDRA. [altivamente]  ¡Te mofas de mí, señor!
         CASTIGLIONE. [abstraído] ¡Dulce y gentil Lalage!
         ALESSANDRA.                                                         ¿Escuché bien?
¡Le hablo, y él habla de Lalage!
¡Señor Conde! [pone su mano en el hombro de él] ¿En qué estás soñando?
Es obvio que no se encuentra bien.
¿Qué te inquieta, señor?
         CASTIGLIONE. [reaccionando] ¡Prima, mi bella prima, señora!,
imploro tu perdón. Sí, desde luego que no me siento bien;
por favor, retira la mano de mi hombro.
¡Este aire es terriblemente opresivo! Señora… ¡el Duque!

 

ENTRA DI BROGLIO

         DI BROGLIO. ¡Hijo mío, traigo noticias para ti! Pero, ¿qué  ocurre?
[observando a ALESSANDRA]
¿Qué? ¿Malhumorada estás? ¡Bésala, Castiglione!, bésala;
eres un infame, y ¡te ordeno que te reconcilies al instante!
Bueno, tengo noticias para ambos: Politian es esperado
en cuestión de horas en Roma… ¡Politian, el conde de Leicester!
Estará con nosotros en la boda. Y esta es su primera visita
a la Ciudad Imperial.
         ALESSANDRA. ¿Cómo? ¿Politian
de Gran Bretaña, el conde de Leicester?
          DI BROGLIO.                                  El mismo, mi amor.
Asistirá a la boda. Un hombre bastante joven en edad,
pero maduro en renombre. No he podido verlo,
pero el rumor habla de él como si hablara de un prodigio
extraordinario en las artes, en armas, y en riquezas,
y de muy alto linaje. Asistirá a  la boda.
         ALESSANDRA. He oído muchos comentarios acerca de este Politian.
Alegre, desatinado, inconstante… ¿no es cierto?,
y no muy dado a la reflexión.
         DI BROGLIO.                Muy lejos de eso, querida mía.
Se comenta que no hay rama de la filosofía,
por profunda que sea, que Politian no domine;
erudito como pocos eruditos.
         ALESSANDRA.            ¡Es muy extraño!
He conversado con hombres que han conocido a Politian
y procurado su compañía; lo describen
como alguien que entró impulsivamente en la vida,
bebiendo la copa del placer hasta las heces.
         CASTIGLIONE.  ¡Eso es ridículo! Yo he visto hace poco a Politian
y le conozco bien; les aseguro que no es ni erudito ni alegre;
es un soñador, y un hombre excluido
más bien de las pasiones comunes.
         DI BROGLIO.                          Hijos, estamos en desacuerdo.
Salgamos y deleitémonos con el fragante aire
del jardín. ¿Habré soñado u oído decir
que Politian es un hombre melancólico?

                                                                                 [SALEN]

II

 

 Aposento de una dama. Una ventana abierta con vista a un jardín. LALAGE, de estricto luto, está leyendo junto a una mesa donde hay algunos libros y un espejo de mano. En el fondo, JACINTA (una criada) se halla reclinada descuidadamente en una silla.      

 

         LALAGE. ¡Jacinta!, ¿eres tú?
         JACINTA. [petulante]       Sí, señora, aquí estoy.
         LALAGE. Jacinta, no sabía que estuvieras de servicio.
¡Siéntate!, no dejes que mi presencia te incomode,
¡siéntate!, pues soy humilde, muy humilde.
         JACINTA. [aparte]                                Ya era hora.
                                               [JACINTA se sienta reclinándose sobre un costado de la silla,
                                               apoyando sus codos en el respaldar, y observando a su señora de                                                        manera desdeñosa. LALAGE continúa leyendo.]
         LALAGE. “En otra región, dijo él,
creció una brillante y dorada flor, ¡pero no en este suelo!”.
             [hace una pausa; pasa algunas páginas y continúa la lectura.]
“Allí, no hay inviernos persistentes, ni la nieve y la lluvia,
pero el océano, para refrescar por siempre a la humanidad,
alienta el penetrante espíritu del viento del oeste”.
¡Oh, qué bello! ¡cuánta belleza! ¡qué semejante
a lo que mi febril alma sueña del Cielo!
¡Oh, qué país tan feliz! [pausa] ¡Ha muerto! ¡La doncella murió!
¡Oh doncella, tanto más feliz, porque has podido morir!
¡Jacinta!
         [JACINTA no contesta y LALAGE, enseguida continúa la lectura.]
              ¡Otra vez! ¡Un cuento semejante
sobre una bella dama más allá del mar!
Así decía un tal Fernando en la obra:
“Murió ella en plena juventud”, le contesta Bossola:
“no creo que así fuese; demasiados años
parecía sobrellevar su desdicha”. ¡Oh infortunada dama!
¡Jacinta!
                                                                  [sigue sin contestar]
              He aquí una historia mucho más sombría,
pero parecida, tan parecida en su desesperanza,
a la de aquella reina egipcia que obtuvo
para sí miles de corazones, perdiendo al fin el suyo propio.
Murió. Así acaba el relato, y sus doncellas
se inclinan sobre su cuerpo y lloran. Dos gentiles doncellas
de nombres tan delicados, ¡Iras y Carmiana!
¡Arco Iris y Paloma! ¡Jacinta!
         JACINTA. [con gran displicencia] ¿Qué pasa, señora?
         LALAGE. ¿Serías, mi buena Jacinta, tan amable
de bajar a la biblioteca y traerme
los Santos Evangelios?
         JACINTA.            ¡Qué fastidio!                                       [sale]

                                                               ¡Si hubiera un bálsamo
para el espíritu herido, en Galaad se encuentra!
El rocío, en la noche de mi amargo dolor,
vendrá de allí… “Un rocío mucho más dulce
que el pendiente como collares de perlas en el monte Hermón”.
                             [Vuelve JACINTA, y tira el libro sobre la mesa.]
         JACINTA. Ahí está el libro. En verdad es bien fastidiosa.
                                                                                 [aparte]
        LALAGE. [asombrada] ¿Qué has dicho, Jacinta? ¿He hecho alguna cosa
que te aflija o moleste? Lo siento mucho,
pues me has servido durante mucho tiempo
y siempre has sido confiable y deferente. [continúa su lectura]
         JACINTA.                                         No puedo creer
que tenga más joyas; no, no; todas me las dio. [aparte]
         LALAGE. ¿Qué has dicho, Jacinta? Ahora recuerdo
que últimamente no me has hablado de tu boda.
¿Cómo está el buen Ugo, y cuando será el enlace?
¿Hay algo que pueda hacer? ¿Puedo ofrecerte
alguna otra ayuda, Jacinta?
        JACINTA.                   “¡Puedo ofrecerte alguna otra ayuda!”.
Como que esto tiene doble intención para mí [aparte] Estoy segura, señora, de que no necesita usted
estar echándome siempre en cara aquellas joyas.
        LALAGE. ¿Joyas? Jacinta… por favor, Jacinta,
no pensaba en las joyas.
        JACINTA.               ¡Tal vez no!
Pero podría haberlo jurado. Después de todo,
Ugo dice que el anillo es puro oropel,
y está seguro de que el conde Castiglione nunca
hubiese regalado un diamante auténtico a una como usted;
y en el mejor de los casos, es indudable, señora, que no puede
ahora usar sus joyas. Y podría jurarlo.
                                                                                               [Sale]
 [LALAGE prorrumpe en lágrimas y reclina su cabeza sobre la mesa.
Después de una breve pausa, la levanta.]

          LALAGE. ¡Pobre Lalage! ¿Y todo ha desembocado en esto?
¡Tu criada! Pero ¡ánimo!, no es más que una víbora
a quien has tratado con afecto para que te muerda el alma.
                                                                         [Tomando el espejo.]
Aquí, por lo menos tengo un amigo… alguien demasiado amigo
en los días de antaño… a un amigo que no te engañará.
¡Bello y sincero espejo!, ahora cuéntame (porque puedes hacerlo)
un cuento, un cuento bonito, y no te preocupes
si abunda la tristeza en él… ¡Me responde!
Habla de ojos hundidos y mejillas deterioradas,
y de la belleza muerta hace mucho tiempo; me recuerda
la alegría disipada, la esperanza, ¡el ángel de la esperanza,
colocado en urna cineraria y enterrado! Y ahora, con tono bajo,
triste y solemne, pero muy audible,
susurra acerca de la tumba prematuramente abierta
para la ajada doncella. ¡Bello y sincero espejo! ¡Tú no mientes!
no tienes nada que ganar, ni un corazón que romper.
Castiglione mintió al decir que amaba;
tú eres fiel, ¡él es falso! ¡falso! ¡falso!
                                              [Mientras que LALAGE, está hablando,
                                              entra un MONJE, y se acerca sin ser observado.]

         MONJE.                                          ¡Tienes refugio
en el Cielo, oh dulce hija! ¡Piensa en cosas eternas!
¡Entrega tu alma a la penitencia, y reza!
         LALAGE. [levantándose apresuradamente] ¡No puedo rezar porque
         mi alma está en guerra con Dios!
Los terribles sonidos de la algarabía de allá abajo
perturban mis sentidos. ¡Vete! Yo no puedo rezar.
¡Los perfumados aires del jardín me atormentan!
Tu presencia me aflige. ¡Vete! ¡Tu hábito
me llena de pavor y tu crucifijo de ébano
me nubla de horror y pánico!
         MONJE.                       ¡Piensa en tu preciosa alma!
         LALAGE. ¡Piensa en mis días de antaño! ¡Piensa en mi padre
y en mi madre, ambos en el Cielo! ¡Piensa en nuestro hogar tranquilo,
y en el riachuelo que corría enfrente de la entrada!
¡Piensa en mis hermanas menores! ¡Piensa en ellas!
¡Y piensa en mí! ¡Oh, piensa en mi confiado amor,
y en mi confianza en sus promesas, en mi ruina, piensa, piensa
en mi indecible dolor y miseria! ¡Vete de aquí!
¡Aunque, no, quédate! ¿Qué has dicho de oración
y penitencia? ¿No hablabas de fe
y votos ante el trono?
         MONJE.            Sí, de eso hablaba.
         LALAGE.                                       Está bien.
Hay un voto que sería apropiado,
un voto sagrado, imperativo y urgente,
¡un solemne voto!
         MONJE.     ¡Hija, me alegra mucho ese fervor!
         LALAGE. ¡Padre, este fervor es cualquier cosa menos algo bueno!
¿Tienes un crucifijo adecuado para este acto?
¿Un crucifijo en el que pueda consignar
este sagrado voto? [El Monje le da el suyo]
                                ¡Ése no! ¡No! ¡No! ¡No! [temblando]
 ¡Ése no! ¡Ése no! Te digo, hombre santo
que tus vestiduras y tu cruz de ébano me aterran.
¡Espera! Yo tengo mi propio crucifijo,
¡yo tengo un crucifijo, y para mí es el apropiado!
¡El acto, la promesa, el símbolo del acto,
y la consignación del acto… debe registrarse, Padre!
                                 [Saca una daga con la empuñadura en forma de
                                  cruz, y la suspende en lo alto.]

¡Contempla la cruz con la que un voto como el mío
queda escrito en el Cielo!
         MONJE.                  Tus palabras son de locura, hija,
y expresan un propósito impío; tus labios están lívidos,
tus ojos desorbitados, ¡no tientes la ira divina!,
¡detente antes de que sea demasiado tarde!, ¡no seas irreflexiva!,
¡no jures cumplir tu voto!, ¡no jures!
         LALAGE.                                ¡Hecho está el juramento!

 

III

 

               Aposento de un palacio. POLITIAN y BALDAZZAR

 

         BALDAZZAR.             ¡Despierta ya, Politian!
No debes, no, en verdad, no debes
hundirte en esos estados de ánimo. ¡Sé tú mismo!
¡Olvida esas ociosas fantasías que te acosan
y vive, porque ahora te marchitas!
         POLITIAN.                            ¡No es así, Baldazzar!
Sin duda, vivo.
         BALDAZZAR.    Politian, me duele
verte de este modo.
         POLITIAN.      Baldazzar, me aflije
causarte alguna preocupación, mi honorable amigo.
¡Ordéname, señor! ¿Qué deseas que haga?
A tu instancia me despojaré de esta naturaleza
heredada de mis antepasados,
que asimilé con la leche de mi madre,
y no seré ya Politian, sino otro.
¡Ordéname, señor!
         BALDAZZAR. Al campo, pues, al campo;
al senado o a la campiña.
         POLITIAN.               ¡Oh infortunio! ¡Oh desdicha!
Hay un diablillo que me seguiría incluso hasta allí;
hay un diablillo que me ha seguido incluso hasta aquí;
hay… pero, ¿qué fue esa voz?
         BALDAZZAR.                  No la he escuchado;
no he escuchado ninguna voz, excepto la tuya,
y el eco de tu propia voz.
         POLITIAN.               Entonces, sueño.
         BALDAZZAR. No abandones tu alma a los sueños; la política, la corte,
son tu ámbito, la fama te aguarda, la gloria te llama,
y no oirás su voz sonora de trompeta, 
mientras oigas sonidos imaginarios
y voces fantasmales.
         POLITIAN.      ¡Es una voz fantasmal!
Entonces, ¿no la has oído?
         BALDAZZAR.              No la he oído.
         POLITIAN. ¡No la has oído! Baldazzar, no me hables
más a mí, a Politian, de tus campos y cortes.
¡Ah! ¡Estoy hastiado, hastiado, harto hasta la muerte
de las vacías, falsas y altisonantes vanidades
del populoso mundo! ¡Sé indulgente por un rato más!
Fuimos jóvenes, anduvimos juntos, condiscípulos,
y ahora somos amigos, mas no será por mucho tiempo,
pues en la ciudad eterna me harás
un generoso favor, y un poder,
un augusto poder, benigno y supremo,
que te absolverá de toda otra obligación,
con tu amigo.
         BALDAZZAR. Has dicho un acertijo temerario
que no quiero entender.
         POLITIAN.             Y ahora, conforme el destino
se aproxima, y las horas respiran débilmente,
las arenas del tiempo se transforman en dorados granos,
y me deslumbran, Baldazzar. ¡Oh dolor!
No puedo morir mientras tenga dentro de mi corazón
un apetito tan incisivo por la hermosa,
como se ha encendido en él. ¡Sí! Creo que el aire
es ahora más balsámico que lo habitual;
deliciosas melodías se mecen en los vientos
y los encantos más raros acicalan la tierra,
y con un realce más sagrado, la serena luna
reina en la bóveda celeste. ¡Ssshh, ssshh! ¡No puedes decirme
que ahora no oyes nada, Baldazzar!
         BALDAZZAR.                           Cierto; no oigo nada.
         POLITIAN. ¡No lo oyes! ¡Escucha ahora, escucha el sonido más sutil,
y la melodía más dulce que jamás oído alguno haya escuchado!
¡Una voz de mujer! ¡Y cuán triste es su tono!
Baldazzar, ¡me oprime como un hechizo!
¡Nuevamente! Con qué solemnidad se apodera
de lo más profundo de mi corazón esa elocuente voz;
sin duda alguna nunca oí esa voz y habría sido magnífico
tan solo haberla escuchado con sus emotivos tonos
en mis días más tempranos.
         BALDAZZAR.            ¡Ahora sí la oigo.
Pero, ¡silencio! Esa voz, si no me equivoco demasiado,
procede de aquella celosía que puedes ver
claramente a través de la ventana. ¿No es cierto
que ese palacio pertenece al duque Di Broglio?;
sin duda, la cantante se halla bajo
el techo de la mansión de su excelencia, y debe ser
Alessandra, de quien el duque habló
como la prometida de Castiglione,
su hijo y heredero.
         POLITIAN.   ¡Silencio! ¡Vuelve a oírse la voz!
         VOZ. [apenas audible]
                                                “¿Y es tu corazón tan duro
                                                como para dejarme así?
                                                ¿Así, a quien tanto te ha amado,
                                                en el bien y en el pesar?
                                                ¿Y es tu corazón tan duro
                                                como para dejarme así?
                                                ¡No! ¡Di que no
!”   
          BALDAZZAR. La canción es inglesa y con frecuencia la he escuchado
en la alegre Inglaterra, pero nunca tan melancólicamente;
¡chist! ¡hist!, ¡de nuevo se oye!
            VOZ. [más fuerte]
                                                 “¿Y es tan duro
                                                como para dejarme así?
                                                ¿Así, a quien tanto te ha amado,
                                                en el bien y en el pesar?
                                                ¿Y es tu corazón tan duro
                                                como para dejarme así?
                                                ¡No! ¡Di que no!”

          BALDAZZAR.  ¡Ha callado, y todo está en silencio!
          POLITIAN.                                               No todo está en silencio.
          BALDAZZAR. Bajemos.
          POLITIAN.                   ¡Bajemos, Baldazzar, vamos!
          BALDAZZAR. Se hace tarde… el duque nos aguarda…
tu presencia se espera abajo, en el salón…
Pero, ¿qué te pasa, conde Politian?
         VOZ. [bien audible]
                                                “Quien tanto te ha amado
                                                en el bien y en el pesar,
                                                ¿y es tu corazón tan duro?
                                                ¡No! ¡Di que no!”

          BALDAZZAR. ¡Bajemos, Politian, pues ya es hora!. Deja
esas fantasías sueltas al viento. Recuerda, te lo ruego,
recientemente tus maneras con el duque tuvieron mucho de aspereza.
¡Despierta, y recuerda!
          POLITIAN. ¿Recordar? Sí. ¡Ve adelante! Sí que recuerdo.                                                                                                                           [Caminando] 
Bajemos, pero créeme que daría,
sin condición alguna, las amplias posesiones de mi condado
por mirar ese rostro de mujer que se oculta tras aquella celosía;
“Contemplar ese rostro velado, y oír
una vez más esa voz tan sutil”.
         BALDAZZAR.                  Te ruego, señor,
bajemos juntos; el duque podría ofenderse.
Bajemos, te lo ruego.
         VOZ. [con fuerza] “¡No, di que no!”        
         POLITIAN. [aparte] Es extraño, muy extraño. Pensé que esa voz
  armonizaba con mis deseos, rogándome que me quedara aquí.
                                                                       [aproximándose a la ventana]
¡Oh, qué voz tan deliciosa! Te pongo atención, y aquí me quedo.
Y ahora, sea una fantasía de los cielos, o sea el destino,
aquí permanezco. Baldazzar,
excúsame con el duque;
no iré esta noche.
         BALDAZZAR. El deseo de su señoría
se cumplirá; buenas noches, Politian.
         POLITIAN. Buenas noches, amigo mío, buenas noches.

 

IV

 

En los jardines de un palacio. Claro de luna. LALAGE y POLITIAN

         LALAGE. ¿Y tú, Politian, me hablas
de amor? ¿A Lalage le hablas de amor?
¡Oh mísera, mísera de mí!
Esta burla es de lo más cruel, ¡es terriblemente cruel!
         POLITIAN. ¡No llores! Por favor, ¡deja ese llanto! Tus amargas lágrimas
me enloquecerán. ¡Oh, no te lamentes, Lalage!,
¡confórtate! Lo sé, lo sé todo,
y aún así te hablo de amor. ¡Mírame, bella
y radiante Lalage! ¡Vuelve hacia mí tus ojos!
Me preguntas si puedo hablar de amor,
sabiendo lo que sé, y habiendo visto lo que he visto;
me preguntas eso, y así te contesto,
con mi rodilla en el suelo, así te contesto.         [doblando la rodilla]
Dulce Lalage, te amo, te amo, te amo,
en las buenas y en las malas, en la suerte y en la desgracia, te amo.
Ni una madre, con su primogénito en sus rodillas,
se emociona con un amor más intenso que el mío por ti.
Ningún fuego ardió en el altar de Dios, en cualquier tiempo o región,
más sagrado como éste que ahora arde
en mi espíritu por ti. ¿Y todavía me preguntas si te amo?
                                                                               [levantándose]
Hasta por tus angustias te adoro, por tus penas…
por tu belleza y tu dolor.
         LALAGE.              ¡Oh infortunio!, orgulloso conde,
te olvidas de ti mismo al recordarme.
¿Cómo, en los salones de tu padre, entre las puras
e irreprochables doncellas de tu linaje de príncipe,
podría estar presente la deshonrada Lalage?
Tu esposa, de maculado pasado…
¿cómo podría mi marchito y arruinado nombre corresponder
a los ancestrales honores de tu casa,
y a tu gloria?
          POLITIAN. ¡No me hables de la gloria!
Odio, aborrezco esa palabra y abomino
esa cosa ideal e insatisfactoria.
¿No eres tú Lalage, y yo Politian?
¿No te amo yo? ¿No eres tú bella?
¿Qué más necesitamos? ¡Bah! ¡La gloria! Por favor, no me hables de ella.
Por cuanto lo que estimo más sagrado y más solemne,
por todo lo que deseo ahora, por mis temores futuros,
por todo lo que menosprecio en la Tierra y espero del Cielo,
no hay acto en el que más me glorificaría
por tu causa, que hacer befa de esa misma gloria
y aplastarla bajo mis pies. Qué importa,
qué importa, mi hermosísima y más amada,
pasar a la posteridad volviendo al polvo deshonrados y olvidados,
si nos hundimos juntos;
hundámonos juntos, y luego, y luego quizá…
         LALAGE. ¿Por qué no continúas, Politian?
         POLITIAN.                                                    Y luego, quizá
nos levantemos juntos, Lalage, y vaguemos
por las estrelladas y tranquilas moradas de los bienaventurados,
y, siempre…
         LALAGE. ¿Por qué te detienes, Politian?
         POLITIAN. Y siempre juntos, juntos.
         LALAGE.                                            ¡Bien, conde de Leicester!
Tú me amas, y en lo profundo de mi corazón
siento que de verdad me amas.
         POLITIAN.                        ¡Oh, Lalage! [cayendo sobre su rodilla]
¿Y tú me amas a mí?
         LALAGE.         ¡Ssshh!, ¡calla!, en la penumbra
de aquellos árboles creí ver pasar una figura;
una figura espectral, solemne, lenta y sigilosa,
como la sombra siniestra de la conciencia, solemne y sigilosa.
 [camina hasta allí, y regresa]
Estaba confundida, no era más que una rama gigantesca
agitada por el viento otoñal. ¡Politian!
         POLITIAN. ¡Mi Lalage, mi amor! ¿Por qué estás asustada?
¿Por qué has palidecido? Ni la conciencia misma,
y mucho menos una sombra a la que confundiste con ella,
debería conmover así a un espíritu tan firme. Pero el viento nocturno
es helado, y esas ramas melancólicas
envuelven todas las cosas en la lobreguez.
           LALAGE.                                           ¡Politian!
Tú me hablas de amor. ¿Conoces las tierras
de las que todos hablan, esas tierras recién descubiertas
milagrosamente por un genovés,
mil leguas más allá del dorado oeste?
¿Una fantástica tierra de flores, de frutas y de sol,
y lagos cristalinos y bosques que se yerguen como arcos,
y montañas en torno a cuyas cumbres empinadas, fluyen sin barreras los vientos
del Cielo, cuyos aires, al respirarlos,
es ahora felicidad, y será libertad en el futuro,
en días venideros?     
           POLITIAN.   ¿Quieres, quieres tú
huir a aquel paraíso, Lalage mía, quieres
huir allí conmigo? Allí olvidaremos las preocupaciones,
no existirá la tristeza, y Eros lo será todo.
Y la vida será entonces mía, porque viviré,
para ti y en tus ojos, y tú ya no tendrás
que lamentarte, sino que las radiantes alegrías
te atenderán, y el ángel de la esperanza
te servirá para siempre; yo me arrodillaré ante ti
para adorarte y te llamaré mi amada,
mi dueña, mi preciosa, mi amor, mi esposa,
mi todo; ¿quieres, quieres, Lalage,
huir hasta allí conmigo?
           LALAGE.              ¡Pero antes debe ejecutarse una acción!
¡Castiglione vive!
           POLITIAN. ¡Y morirá!                                               [Sale]
           LALAGE. [tras una pausa] ¡Y… él… morirá! ¡Oh infortunio!
¿Qué muera Castiglione? ¿Quién dijo esas palabras?
¿Dónde estoy?, ¿qué fue lo que dijo? ¡Politian!
¡No te has ido, no te has ido, Politian!
Siento que no te has ido, pero no me atrevo a mirar,
por miedo a no verte; no has podidoirte
con esas palabras en tus labios… Oh, háblame,
y déjame escuchar tu voz, una palabra, siquiera una palabra
que diga que no te has ido, solo una pequeña frase,
para decir cuánto desdeñas, cuánto odias
mi femenina debilidad. ¡Ah!, no te has ido…
¡Oh, háblame! ¡Sabía que no te habías ido!
Sabía que no te habrías ido, que no podrías, que no te atreverías a irte.
Infame, no te has ido, ¡te burlas de mí!
Y así, así… te sujeto fuertemente. Se ha ido, se ha ido…
Ido… ido… ¿Dónde estoy? ¡Está bien… está muy bien!
Entonces, que la hoja esté bien afilada… la estocada certera;
está bien, está muy bien… ¡oh desgracia, oh infortunio!                [sale]

 

V

 

                        En las afueras de Roma. POLITIAN solo.

 

         POLITIAN. Esta debilidad se adueña de mí; estoy desanimado,
y mucho temo haberme enfermado, y no tiene sentido
morir antes de haber vivido. ¡Espera, aplaca tu mano,
oh Azrael, todavía dame un tiempo más! ¡Príncipe de los poderes
de las tinieblas y de la tumba, oh, ten piedad de mí!
¡Ten piedad de mí! ¡No me dejes morir ahora
que florece mi esperanza paradisíaca!
Déjame vivir aún… todavía un poco más.
Soy yo quien implora la vida, yo, quien tan recientemente
había exigido la muerte… ¿Qué dijo el conde?
                                   
                                 ENTRA BALDAZZAR


         BALDAZZAR. Dice que no conociendo motivo alguno de altercado o enemistad inveterada
entre él y el conde Politian,
rechaza tu desafío.
         POLITIAN.   ¿Qué has dicho?
¿Qué clase de respuesta me has traído, mi buen Baldazzar?
¡Con qué excesiva fragancia sopla el céfiro
cargado de aromas de enramadas en flor! Creo que unos mortales
ojos no han visto un día más hermoso,
ni una Italia tan merecedora. ¿Qué dijo el Conde?
          BALDAZZAR. Que él, Castiglione, no está consciente
de que haya disputa, o causa
de alguna desavenencia entre su señoría y él,
y no puede aceptar el desafío.
         POLITIAN.                   Es muy cierto…
todo esto es muy cierto. ¿Cuándo has visto, señor,
cuándo has visto, Baldazzar, en la frígida
y flemática Gran Bretaña, que no hace mucho tiempo abandonamos,
un cielo más sereno como éste, tan esplendorosamente libre
de la mancha malévola de las nubes? ¿Y él qué dijo?
         BALDAZZAR. Nada más milord, lo que te dicho, señor;
el conde Castiglione no acepta un duelo
sin tener causa de discordia.
         POLITIAN.                   Es muy cierto,
todo es muy cierto. Tú eres mi amigo, Baldazzar,
y nunca lo he olvidado; me harás
un favor. ¿Quieres volver y le dirás
a ese hombre que yo, el conde de Leicester,
le considero un canalla? Sí, de esta forma, te lo ruego, dile
al conde; es más que suficiente
para que tenga algún motivo de querella.
         BALDAZZAR.                                  ¡Milord! ¡Mi amigo!
         POLITIAN. [aparte] ¡Es él! ¡Aquí viene! [en voz alta] Razonas bien,
y sé lo que querías decir: que no enviara el mensaje.
¡Bien! Lo pensaré. ¡No voy a enviarlo!
Ahora, te ruego que me dejes solo; ahí viene una persona
con la que tengo que arreglar unas cuentas de  privada naturaleza.
¡Las liquidaré!
         BALDAZZAR. Me marcho; nos encontraremos mañana,
¿no es así?, en el Vaticano.
         POLITIAN.                  ¡En el Vaticano!   [Sale BALDAZZAR]

                                        ENTRA CASTIGLIONE

         CASTIGLIONE. ¡El conde de Leicester aquí!
         POLITIAN.  Soy el conde de Leicester, y estás viendo,
¿no es así?, que estoy aquí.
         CASTIGLIONE.            Milord, alguna extraña
y singular equivocación, algún malentendido
ha surgido sin duda entrambos, y te ha llevado
en el calor de la ira, a dirigirme
por escrito, a mí, a Castiglione,
algunas palabras de lo más inexplicables, habiendo sido su portador
Baldazzar, duque de Surrey. No tengo conciencia
de que nada pudiera justificarte con este acto,
ya que no he proferido yo ofensa alguna. ¡Ah! ¿Tengo razón?
¿Fue un error? Sin duda; todos
algunas veces nos equivocamos.
          POLITIAN.           ¡Desenfunda, malvado, y déjate de palabrerías!
          CASTIGLIONE. ¡Ah! ¿que desenfunde? ¿y me llamas malvado?
¡pues como te venga en gana, y ahora mismo,                  
orgulloso conde!                                                     [desenfunda]
          POLITIAN. [desenfundando] ¡Así a la tumba expiatoria,
al prematuro sepulcro te encomiendo,
en nombre de Lalage!
         CASTIGLIONE. [deja caer su espada y retrocede hasta el 
                                     extremo del escenario]

                                        ¡de Lalage!
¡Detén tu mano sagrada! ¡Atrás, digo!
Atrás, no me batiré contigo; de ninguna manera me atrevo.
         POLITIAN. ¿No te batirás conmigo, has dicho, señor conde?
¿Me quedaré acaso frustrado? ¡Está bien!
¿Dijiste que no te atreves? ¡Ah!
         CASTIGLIONE.                 No me atrevo, no me atrevo.
Sostén tu mano; con ese nombre amado,
tan fresco aún en tus labios, no me batiré contigo;
no puedo; no me atrevo.
         POLITIAN.             Ahora, ¡por lo más sagrado
te creo! ¡Sí, cobarde, te creo!
         CASTIGLIONE. ¡Qué! ¿Cobarde? ¡Esto no lo acepto!
                                                                 [Empuña fuertemente su
                                                                 espada y camina 
                                                                 tambaleándose hacia Politian,
                                                                 pero cambia de actitud antes
                                                                 de alcanzarle, y cae sobre una
                                                                 rodilla a los pies del Conde.]

                                                                               ¡Oh desgracia, Milord,
es… es… es la verdad. En semejante asunto
soy el más auténtico cobarde ¡Ten piedad de mí!
         POLITIAN. [su ímpetu se ablanda]  ¡Qué desgracia! Sí, en verdad te tengo lástima.
         CASTIGLIONE. Y Lalage…
         POLITIAN.                          ¡Vil bellaco! ¡Levántate y muere!
         CASTIGLIONE. No es necesario… déjame que muera así,
de rodillas, así. Me corresponde morir
en esta profunda humillación,
porque en el duelo no levantaré una mano
contra ti, conde de Leicester. ¡Asesta tu estocada! [descubrién-
                                                                             dose el pecho]
Aquí no encontrará barrera tu espada.
¡Da la estocada ¡No me defenderé!
         POLITIAN.                               ¡Muerte e Infierno!
¿Crees acaso que no estoy, que no estoy extrema e iracundamente tentado
a tomar tu palabra? Pero no, señor, ¡grábate muy bien lo que voy a decirte!
No creas que puedes deshacerte de mí tan fácilmente. Prepárate
para el insulto público en las calles,
ante los ojos de los ciudadanos. Te seguiré
como un espíritu vengador, te seguiré hasta la muerte.
Ante todos aquellos que amas,
ante toda Roma te humillaré, miserable, te humillaré,
¿oyes bien?, por tu cobardía. ¿ No te batirás conmigo?
¡Mientes! ¡Lo harás!                                                                     [Sale]
         CASTIGLIONE. ¡En verdad, esto es justo!
¡Es muy recto y muy justo, oh Cielo vengador!