1835

 

HIMNO

  En la aurora, a mediodía, y en el desvanecente crepúsculo
¡has escuchado mi alabanza, oh María!
En las alegrías y en las tristezas, en lo bueno y en lo malo,
¡madre de Dios, acompáñame siempre!
Cuando las horas volando transcurrieron,
y no oscurecía el cielo una nube,
quizá para que mi alma negligente no se extraviara,
tu gracia la guió a la tuya y a ti;
y hoy, cuando las tempestades del destino 
cubren sombrías mi presente y mi pasado,
¡permite que mi futuro brille rutilante en el firmamento
con el fuego de las sublimes esperanzas mías y tuyas!

 

A F

 

¡Amada! Entre los excesivos infortunios
que abruman mi sendero mundano
(terrible camino donde no crece
ni una solitaria rosa),
halla mi alma consuelo
el soñar contigo, y un edén disfruta
de placentero sosiego.

Emerge entonces tu recuerdo
como lejana isla encantada
en algún mar tempestuoso;
en algún océano lejano y enfurecido,
y que se estremece por las tormentas,
pero donde acaso cielos más serenos, por siempre
sonríen sobre esta isla esplendorosa.

 

A Fs S. Od

  ¿Aspiras a ser amada? Entonces que tu corazón
no se aparte de tu senda actual.
Siendo todo lo que ahora eres,
no seas nada de lo que no eres.
Y sean para el mundo tus gentiles modales,
tu gracia y excelsa belleza,
infinito detalle de alabanza
y el amor… un simple deber.