1839

  

 

EL PALACIO POSEÍDO

 

En el más verde de nuestros valles,
por ángeles buenos habitado,
se erguía una vez un bello,
radiante y señorial palacio
situado en los dominios
de su monarca, el Pensamiento.
¡Nunca serafín alguno tendió sus alas
sobre arquitectura más soberbia!

Amarillos pendones, gloriosos y dorados
flamean y cimbran en su remate
(todo esto aconteció en los días de antaño,
ha mucho tiempo),
y todo suave hálito que jugueteaba
en aquellos serenos días,
por las empenachadas y pálidas murallas,
una alada fragancia esparcía.

Y los que erraban por aquel feliz valle,
por dos luminosas ventanas veían
una armónica danza de espíritus
a los acordes de un vibrante laúd,
girando en derredor de un trono, donde sentado,
Porfirogénito,
con gran pompa digna de su gloria
soberano del reino brillaba.

Y de perlas y rubíes reluciente
era la puerta del maravilloso palacio,
por la que corría, a raudales, corría
por siempre rutilante
una bandada de ecos cuya gentil tarea
era cantar, cantar
con voces de belleza ilimitada,
genio y sabiduría de su rey.
Pero cosas malignas vestidas de tristeza
invadieron los eminentes dominios del rey.
(¡Ah, el luto suframos, pues ya nunca despuntará
la aurora sobre el desolado monarca!),
y la gloria, que en su palacio
relució y floreció,
es solo una historia vagamente
recordada por el viejo tiempo sepultado.

Y hoy, los viajeros, desde el valle,
ven por las ventanas iluminadas de rojo fuego,
enormes formas que se mueven fantásticas
acompañadas por una música discorde,
mientras cual rápido y ominoso río,
por la pálida puerta
sale desaforada por siempre una horrible multitud
que ríe, pero no sonríe nunca más.