1847

 

[PROFUNDO EN LA TIERRA]

 

  Profundo en la tierra yace mi amor,
y solitario debo entonces mitigar mi llanto.

 

A LA SEÑORITA LOUISE OLIVIA HUNTER
 

  Aunque cambie mi estado anímico, no puedo evadirme,
no puedo alejarme;
yo intentar quisiera abrir mi corazón
pero no puedo liberarlo: estoy fatigado.
Y mis esperanzas fenecen
mientras me confío a la ensoñación,
y por amor al arte escribo.
De este modo, la luciente serpiente, enroscada,
oculta bajo la densidad arbórea del bosque,
captura el pajarillo, seduciéndolo,
baja y observa:
el amante, como aquel pajarillo,
acecha su destino, vive en la incertidumbre
hasta que se desvanezca la inesperada calamidad,
y entonces se hunde, como yo estoy hundido.

 

A M. L. S
                                                                                                                                                                                                                                      

  Entre los que celebran tu presencia como la mañana,
entre aquellos para quienes la noche es tu ausencia,
del sagrado sol su eclipse total en el firmamento;
entre los que llorando te bendicen
hora tras hora por la esperanza, por la vida,
y sobre todo por la resurrección de la fe totalmente perdida
en la verdad, en la virtud, y en la humanidad;
entre los que en el lecho profano de la desesperanza,
yaciendo al borde de la muerte, de súbito se han levantado
ante tus palabras delicadamente susurradas de “¡Hágase la luz!”,
ante el delicado susurro de tus palabras
plasmadas en la angelical mirada de tus ojos;
entre los que más te deben y cuya gratitud
es casi adoración, oh, recuerda
al más fiel, al más ardoroso devoto,
y piensa que estos débiles versos por él han sido escritos, él,
quien escribiéndolos se estremece pensando
en la comunión de su espíritu con el de un ángel.

                                            

[QUERIDO MÉDICO]

 

  Las pulsaciones son de diez, intermitentes;
fuerzas le entrega Dios a mi alma que nunca olvida,
en la calma, o en la tormenta, de noche o de día,
su afán constante, su lealtad.
[…]
[…]
Las pulsaciones son de diez, intermitentes;
resguarda Dios a mi alma que nunca olvida.
[…]
[…]
Las pulsaciones son de diez, intermitentes;
orienta Dios mi alma que nunca olvida.
[…]
[…] tan cansado, tan hastiado,
que la cabeza, confortable se inclina, placenteros, los ojos se cierran,
y el creyente corazón al reposo se entrega.

 

ULALUME. UNA BALADA
 

 

Los cielos estaban cenicientos y sombríos,
quebradizas, secas y marchitas las hojas,
crespo, seco y marchito estaba el follaje.
Era una noche del solitario octubre,
del año más inmemorial de mi vida;
y era muy cerca del sombrío lago de Auber,
en medio de la brumosa región de Weir;
allá, por la pantanosa laguna de Auber,
en el bosque de Weir, acosado por demonios necrófagos.

Aquí una vez, por una titánica alameda de cipreses
deambulé con mi alma,
con Psique, mi alma, por una titánica alameda de cipreses.
Eran días en que mi corazón estaba volcánico
como los ríos de escorias que fluyen,
como las lavas que incesantemente fluyen
sus corrientes sulfurosas del Yaanek,
en las remotas latitudes del polo,
que gimiendo descienden del monte Yaanek,
en los dominios del polo boreal.

Nuestro diálogo había sido formal y circunspecto,
mas aturdidos, secos y marchitos se hallaban nuestros pensamientos,
traicioneros, secos y marchitos eran nuestros recuerdos,
porque no sabíamos que era el mes de octubre,
y no tuvimos presente la noche del año,
¡ah, noche de todas las noches del año!
No advertimos el sombrío lago de Auber,
aunque una vez estos parajes habíamos recorrido,
ni recordamos la pantanosa laguna de Auber,
ni el bosque de Weir, acosado por demonios necrófagos.

Ahora, mientras que la noche envejecía
y las constelaciones apuntaban el alba,
tal como las constelaciones anunciaban el alba,
al final de nuestra senda, un delicuescente
y nebuloso resplandor surgió,
y un milagroso creciente
se levantó con su cuerno doble,
el diamantino creciente de Astarté,
evidente por su cuerno doble.

Y dije: “Ella es más cálida que Diana,
realiza su traslación entre un éter de suspiros,
y se deleita en una región de suspiros;
ha visto que no se han secado las lágrimas
en estas mejillas donde nunca muere el gusano,
y por las estrellas del León ha pasado
para señalarnos la ruta de los cielos,
la paz letea de los cielos;
ha ascendido, a pesar del León,
para relucir sobre nosotros con sus brillantes ojos;
ha ascendido a través del cubil del León,
con el amor en sus luminosos ojos”.

Pero Psique, con su dedo levantado, exclamó:
“Tristemente desconfío de esta estrella,
de su palidez extrañamente desconfío;
¡ah! ¡de prisa! ¡no nos quedemos aquí!
¡huyamos, huyamos! ¡debemos hacerlo!”.
Aterrorizada habló, dejando caer
sus alas hasta que se arrastraron por el polvo;
con dolor sollozó, dejando caer
sus plumas hasta que se arrastraron por el polvo,
hasta que tristemente se arrastraron por el polvo.
Entonces le repliqué: “Esto no es más que un sueño;
¡dejémonos llevar por esta trémula luz!
¡bañémonos en esta cristalina luz!,
henchido está su esplendor sibilino
de esperanza y de belleza esta noche;
¡mira! ¡titila en el cielo de la noche!
¡ah!, sin peligro confiemos en su fulgor,
podemos estar seguros de que nos orienta por el rumbo preciso,
sin duda confiemos en su fulgor
que solo puede orientarnos por el rumbo preciso,
pues titilando está en el cielo de la noche”.

Así tranquilicé a Psique, y la besé,
la animé hasta rescatarla de su desaliento,
vencí sus escrúpulos y desaliento;
y llegamos al final del panorama,
mas nos detuvo la puerta de una tumba,
la puerta de una tumba con inscripción;
y dije:  “¿Qué está escrito, dulce hermana,
en la puerta de esta tumba con inscripción?”.
Ella respondió: “¡Ulalume, Ulalume!
¡Es la cripta de tu desaparecida Ulalume!”.

Entonces mi corazón se tornó ceniciento y sombrío,
como las hojas quebradizas, secas y marchitas,
como el follaje crespo, seco y marchito,
y exclamé: “¡Fue verdaderamente en octubre,
esta misma noche del año pasado
cuando hasta aquí vine!,
cuando traje una carga terrible hasta aquí,
esta noche de todas las noches del año,
¡ah!, ¿qué demonio me esclavizó aquí?
Bien conozco ahora este sombrío lago de Auber,
esta brumosa región de Weir,
bien conozco ahora esta pantanosa laguna de Auber,
este bosque de Weir, acosado por demonios necrófagos”.

Dijimos entonces los dos: “¡Ah! ¿puede acaso haber sido
que los demonios necrófagos de los bosques,
bondadosos y compasivos demonios necrófagos,
para impedirnos el paso y prohibírnoslo
al secreto que yace en estas onduladas tierras,
a lo que yace oculto en estas onduladas tierras,
hayan urdido el espectro de un planeta
del limbo de las almas lunares,
este planeta pecaminosamente titilante
del infierno de las almas planetarias?”.