1848

 

[LÍNEAS SOBRE ALE]

 

  Llena y mezcla crema y ámbar,
y vaciaré otra vez este vaso;
y extrañas visiones andarán a gatas
por entre los pliegues de mi cerebro…
los pensamientos más exóticos, las fantasías más estrafalarias
cobrarán vida, y luego… se desvanecen.
¿Cuántas aceleradas agitaciones, y por cuánto tiempo?
Bueno… hoy me estoy bebiendo una ale.

 

UN ENIGMA

 

Salomón Don Dunce manifiesta que, “casi nunca hallamos ni siquiera
la mitad de una idea en el más profundo soneto,
porque de principio a fin, todas las insubstanciales cosas vemos de inmediato,
de manera tan fácil como a través de un sombrero de Nápoles,

que, ¡oh basura de basuras!, ¿cómo puede ponérselo una dama?,
pero carácter más significativo y profundo que los disparates petrarquescos,
meras insensateces de plumón de búho, es el más débil soplido
porque insigne, las convierte en papel desmenuzado mientras las lees”. 

Sobrada razón tiene Salo en su discurso;
los generales tuckermanierismos son conspicuas
burbujas de efímera vida, y de naturaleza tan vaporosa;

pero esto es, puedes ahora confiar en ello,
estable, opaco, inmortal, y todo en virtud
de estos nombres amados que yacen aquí ocultos.

 

A

 

  No hace mucho tiempo, y en el loco orgullo del intelecto,
el autor de estos versos defendía
“el poder de las palabras”, y negaba que jamás
surgió una idea de nuestro cerebro
más allá de la expresión de la lengua humana;
pero ahora, como si burlándose de ese jactancioso postulado,
dos palabras, dos delicadas bisílabas extranjeras,
italianas melodías solamente para ser susurradas
por ángeles soñando bajo el claro de luna,
en el “rocío que pende como collar de perlas del monte Hermón”,
se han agitado, emergiendo de los abismos del corazón,
ideas que parecen impensadas y que son las almas de la idea,
visiones más preciosas, mucho más audaces, más divinas,
que lo que jamás Israfel, el serafín arpista,
quien tiene “la voz más dulce de todas las criaturas de Dios”,
podría tener la esperanza de expresar. ¡Y yo!, se han roto mis hechizos,
y cae impotente la pluma de mi mano temblorosa.
Con tu amado nombre como propósito, aunque fuese tu pedido,
no puedo escribir, no puedo hablar, o pensar;
¡oh infortunio!, no puedo sentir, porque no es sentimiento
que yo permanezca aquí inmóvil, delante del dorado umbral
de la puerta totalmente abierta de los sueños,
fija la mirada como en trance, ante la deliciosa vista,
y estremeciéndome al contemplar aquí y allá,
y a todo lo largo del camino,
entre purpúreos vapores, a lo lejos,
donde finaliza el panorama, solamente a ti.

 

A HELEN

 

Te vi una vez, solo una vez, años ha,
y no debo decir cuántos, mas no muchos.
Era una medianoche de julio,
y del plenilunio, cual tu alma, remontándose
en su búsqueda de un sendero resuelto,
descendió un plateado velo, tan suave como la seda, luminoso,
y lentamente se extendió, sensual y soñoliento,
sobre los rostros levantados de mil rosas,
de rosas brotadas en un jardín encantado,
donde ningún viento osaba agitarse, sino de puntillas;
descendió sobre los rostros levantados de estas rosas
que sacrificaron por la luz del amor,
sus perfumadas almas en una extasiada muerte;
descendió sobre los rostros levantados de estas rosas
que sonreían y morían en este jardín hechizado
por ti, y por la poesía de tu presencia.

Vestida de blanco toda, en un lecho de violetas del jardín
reclinada te vi, cuando la luna
caía sobre los rostros levantados de las rosas,
y sobre tu faz enaltecida al cielo, de tristeza sugerente.

¿No fue el destino que en esa medianoche de julio,
no fue el destino (cuyo nombre es también aflicción)
quien mis pasos me invitó a detener en la puerta de aquel jardín,
para aspirar de las adormecidas rosas su incienso?
Ninguna pisada era disturbio, y el odiado mundo dormía todo,
menos tú y yo. (¡oh cielos!, oh Dios,
cómo palpita mi corazón al fundir esas dos palabras!)
¡tú y yo! Me detuve… inmóvil miré…
y en la fugacidad de un soplo todo desapareció.
(¡Ah, recuerda que este jardín encantado estaba!)
De la luna se extinguió su nacarado brillo,
los musgosos cuadros y las serpenteantes veredas,
las alegres flores y los quejumbrosos árboles
ya no se veían, y las fragancias de las rosas
en brazos de las amantes brisas fenecieron.
Todo, todo expiró, menos tú misma, todo, menos tú;
únicamente persistió la divina luz de tus ojos,
tan solo el alma de tus ojos mirando el cielo.
Nada más vi, solo tus ojos que el mundo eran para mí.
Pasaron las horas y no vi nada más que tus ojos,
y los contemplé hasta que se ocultó la luna.
¡Qué vehementes historias del corazón estar escritas parecían
en aquellos tus ojos cristalinos, oh astros celestiales!
¡Cuán oscuro desconsuelo, mas que sublime esperanza!
¡Qué océano de orgullo silenciosamente plácido!
¡Cuán osada ambición, pero qué profundo,
insondable poderío de amar!

Pero ya la amorosa Diana desapareció en el oeste,
hundiéndose en un lecho de turbias nubes de tempestad;
y tú, una sombra entre los sepultados árboles
desapareciste, y solo permanecieron tus ojos.
No desearon irse; aún no se han ido.
Y esa noche, oscura ya, tus ojos alumbraron la senda de mi hogar,
y no me han abandonado desde entonces, como sí mis esperanzas.
Me siguen, me guían en el transcurso de los años;
mis guías espirituales son tus ojos, y yo su esclavo;
iluminar es su misión, mi alma inflamar,
y mi deber, librarme por los destellos de su brillante luz,
y en su llama purificado,
y en su elíseo fuego santificado.
Satisfacen ellos mi alma de belleza, que también es esperanza.
y están allá, en el cielo, brillantes estrellas
son que en las tristes y silenciosas vigilias de mi noche,
delante de ellas me arrodillo; y luego, en el meridiano resplandor diurno
sigo viendo tus ojos: ¡dos estrellas dulcemente titilantes,
dos Venus inextinguibles por el sol!