1849

 

 EL DORADO

 

Alegremente vestido
un galante caballero,
bajo sol y sombra
mucho había viajado,
cantando una canción
en busca de El Dorado.

Pero este caballero tan audaz
envejeció,
y una sombra oscureció su corazón,
cuando no halló
ninguna tierra
semejante a El Dorado.

Y cuando le fallaron
al fin sus fuerzas,
encontró la sombra de un peregrino;
“Sombra”, le dijo,
“¿dónde se halla
esa tierra de El Dorado?”.

“¡Por las montañas
de la Luna,
por el valle de la Sombra,
cabalga, cabalga intrépidamente”,
respondió la sombra,
“¡si buscas El Dorado!”.


PARA ANNIE

 

¡Gracias al Cielo!, que la crisis,
el peligro pasaron ya,
y la persistente enfermedad
por fin desapareció;
y esa fiebre llamada “Vida”
finalmente vencida está.

En profunda tristeza abstraído
sé que carezco de mis fuerzas,
y ni un solo músculo muevo
cuando estoy yacente;
mas, ¡qué importa!, me siento
así más reconfortado.

Ahora reposo en mi cama,
tan imperturbable,
que un curioso cualquiera
podría imaginar que estoy muerto,
y acaso se estremeciera al contemplarme
creyendo que estoy muerto.

Gemidos y lamentos,
suspiros y sollozos
se acallaron,
y ese horrible palpitar del corazón,
¡sí!, ese horrible,
horrible palpitar.

La dolencia, la náusea,
el violento dolor
cesaron con la fiebre
enloquecedora de mi cerebro,
con la fiebre que llamamos “Vida”
ardiendo en mi cerebro.

Y de todos los suplicios
que torturan,
el peor suplicio terminó:
la terrible angustia de la sed
del río naftalino,
maldito, de las pasiones,
bebí un agua
que apaga toda sed, bebí un agua que fluye
con sonidos arrulladores,
de una fuente no muy profunda
bajo la tierra,
en una caverna no muy lejana
bajo la tierra.

¡Ah! Y no permitamos nunca
que estúpidamente se diga:
tenebroso es mi cuarto
y estrecha mi cama,
porque jamás durmió el hombre
en cama distinta,
y para dormir y descansar
debes buscar un lecho semejante.

Mi hostigado espíritu
plácidamente aquí reposa,
olvidando, o nunca
sus rosas añorando,
sus antiguas excitaciones
por mirtos y rosas.

Pues ahora, mientras yace
en su quietud, imagina ese espíritu
una fragancia más sagrada
en su entorno, a trinitarias,
un aroma de romero
con mixtura de trinitarias
con ruda, y con los hermosos
pensamientos puritanos.

Y así yace felizmente,
bañándose en frecuentes
sueños de la verdad
y la belleza de Annie;
hundido en el mar
de la cabellera de Annie.

Ella me besó con ternura,
con cariño me acarició
y dulcemente me sumí
en su seno para dormirme;
dormir profundo
en el cielo de su seno.

Y cuando la luz se extinguió,
me cubrió ella con su calidez,
y a los ángeles oró
para protegerme del mal;
a la Reina de los ángeles
para librarme del mal.

Y descanso con tanta serenidad
ahora en mi cama
(conociendo su amor)
que muerto me crees;
y tan feliz permanezco
ahora en mi cama
(con su amor en mi pecho)
que muerto me crees,
y tiemblas al verme
creyéndome que muerto estoy.

Pero más fulgente
es mi corazón
que todas las estrellas del cielo,
porque mi amor centellea con Annie;
resplandece con la luz
del amor de mi Annie,
con el pensamiento de la luz
de los ojos de mi Annie.


EVANGELINE

  Digamos cuándo tendremos los hombres sentido común
más allá de los eruditos con ojos de búho,
más allá de los viejos estúpidos con cara de rana, criaturas de Dios,
eruditos perdidos en una banco de niebla,
pavoneándose a lo ancho y largo de la playa, en alguna parte cerca del Este;
ranas, patos y charcas, ronzando cacahuetes y calabazas
y enterrándolos como si fuesen importantes personas;
por qué preguntamos quién jamás vio dinero fabricado
más allá de un viejo y gordo judío,
o absoluto y enhiesto megachiflado, más allá de los nudos de un árbol.

 

A MI MADRE

 

Porque sé que en los Cielos
los ángeles susurrándose entre sí,
no descubren entre sus ardientes palabras de amor,
ninguna tan devota y fervorosa como la de “madre”;

por eso, durante largo tiempo, con el nombre más dulce te he llamado,
tú, quien eres más que una madre para mí;
tú, quien inflamó lo más hondo de mi corazón, cuando la muerte te dispuso,
al liberarse el generoso espíritu de mi Virginia.

Mi madre natural, muerta en temprana edad,
fue solo la madre de mi ser,
pero tú eres la madre de la mujer que profundamente amé,

y así eres más querida que el ser materno, apenas conocido,
por esa infinitud con que a mi esposa
la idolatró más mi alma, que a su propia vital esencia.

 

ANNABEL LEE

 

Hace muchos, muchos años,
en un reino junto al mar,
vivía una doncella que tal vez conozcas
por el nombre de Annabel Lee;
y esta doncella vivía sin otro pensamiento
que el de amarme y ser amada por mí.

Era ella una niña y yo un niño,
en este reino junto al mar,
pero nos amábamos con un amor que era más que amor,
yo y mi Annabel Lee;
con un amor que los alados serafines del Cielo
nos codiciaban a ella y a mí.

Y esta fue la razón por la que hace tiempo,
en este reino junto al mar,
una noche, sopló un viento desde una nube
helando a mi Annabel Lee;
vinieron entonces sus ilustres parientes
y se la llevaron muy lejos de mí,
para ocultarla en un sepulcro
en este reino junto al mar.

Los ángeles, que no eran tan felices en el Cielo,
nos envidiaban a ella y a mí;
¡sí!, esa fue la razón (como todos lo saben,
en este reino junto al mar)
que el viento soplase de la nube, helando
y matando a mi Annabel Lee.

Pero nuestro amor era mucho más fuerte que el amor
de aquellos mayores que nosotros,
de muchos más sabios que nosotros;
y ni los ángeles del Cielo,
ni los demonios de las profundidades del mar,
podrán nunca desprender mi alma del alma
de la bella Annabel Lee.
Porque la luna nunca brilla sin traerme sueños
de la bella Annabel Lee;
y las estrellas nunca surgen sin que yo vea los brillantes ojos
de la bella Annabel Lee;
y así, durante la noche, me acuesto al lado
de mi querida, mi adorada, mi vida y mi desposada,
en su sepulcro junto al mar,
en su tumba a la orilla del rugiente mar.

 

LAS CAMPANAS

 
I

  ¡Escuchad de los trineos sus campanas!
¡De plata son las campanas!
¡Qué mundo de júbilo augura su melodía!
¡Cómo tintinean, tintinean
en el glacial aire de la noche,
mientras que las estrellas salpican
todos los cielos, y destellar parecen
cristalino encanto,
llevando el ritmo, ritmo
como una rima rúnica,
del tintineo que tan musicalmente brota
de las campanas,
campanas,
cascabeleo y retintín de las campanas!

II

  ¡Escuchad las dulces campanas nupciales!
¡De oro son las campanas!
¡Qué mundo de felicidad augura su armonía!
Por el fragante aire nocturnal,
¡cómo tañen lanzando al vuelo su encanto!,
De las fundidas notas de oro
en el crisol de su afinación,
transportan por los aires fulgurante cantinela,
que escucha la tórtola, extasiándose
con el lunar astro.
¡Oh, de sus sonoras cavidades,
qué eufónico raudal se desprende!
¡Cómo resuena!,
¡cómo persiste
en el futuro!, ¡cuán sugerente
embeleso incita
el vaivén y el tañido
de las campanas,
campanas,
campanas,
rima y armonía de las campanas!

III

  ¡Escuchad las fragorosas campanas de alarma!
¡De bronce son las campanas!
¡Qué terrorífica historia revela ahora su turbulencia!
¡En los sobresaltados oídos de la noche
cómo chillan su terror!
Demasiado horrorizadas para hablar,
solo pueden emitir alaridos,
desafinados alaridos,
en su clamoroso llamado a la misericordia del fuego,
en su demencial recriminación al sordo y frenético fuego,
subiendo más y más en su elevación,
con su impaciente deseo
y resuelto afán
de alcanzar, ahora o nunca,
la luna de pálido rostro.
¡Oh, las campanas, campanas!
¡Qué relato de desesperanza profiere
su terror!
¡Cómo retumban, y chocan, y rugen!
¡Qué pavura vierten
en el seno del tembloroso aire!
¡Mas los oídos reconocen a plenitud,
por el vibrante sonido
y el retumbar,
cómo fluye y refluye el peligro;
distinguir saben los oídos,
por el crujir metálico
y el estruendo;
cómo el peligro disminuye y aumenta,
por el estremecimiento y expansión de las furiosas campanas,
campanas,
de las campanas,
campanas,
fragor y estrépito de las campanas!

IV

 

¡Escuchad el doblar de las campanas!
¡De hierro son las campanas!
¡Qué mundo de solemnes pensamientos impone su monodia!
En la quietud de la noche
¡cómo temblamos aterrorizados
por la melancólica amenaza de su tono!
Porque cada emergente sonido
de sus herrumbradas gargantas
es un quejido.
Y los habitantes, ¡ah!, los habitantes
que viven en lo alto del campanario,
solitarios
y que doblan, y doblan
esa sorda monotonía,
placer sienten haciendo revolear
una piedra en el corazón humano;
no son hombres, ni mujeres,
tampoco animales, ni seres humanos,
son demonios necrófagos;
¡y es su rey quien dobla
y repica, y repica,
repica,
un peán de las campanas!
¡Y su alegre pecho inflámase
con el peán de las campanas!
¡Y danza, y chilla,
llevando el ritmo, ritmo,
como una rima rúnica
con el peán de las campanas,
campanas;
llevando el ritmo, ritmo,
como una rima rúnica
con el latir de las campanas,
campanas,
al compás del sollozo de las campanas,
marcando el ritmo, ritmo,
y tañendo, tañendo
una animada rima rúnica
al compás del retumbo de las campanas,
campanas,
al compás del doblar de las campanas,
campanas,
campanas,
lamento y gemido de las campanas!