ANTERIOR A 1827

 

 

[LA ÚLTIMA NOCHE…]

  La última noche, oprimido por aprehensiones y fatigas,
transido y yacente en mi lecho reposaba...

 

O TEMPORA! O MORES!

 

¡Qué tiempos! ¡Qué modales! Opino yo que ustedes
están cambiando, tristemente, sus señoríos;
quiero decir que el reinado de los buenos modales cesó hace mucho,
porque los hombres no tienen ninguno, o bien, solo malos;
y en cuanto a los tiempos, aunque hay muchos que dicen,
que los “buenos tiempos de antaño”, fueron los peores
(sólida doctrina de la que soy su partidario)
aunque los actuales pienso que son tanto más decadentes.

He estado reflexionado… ¿es así como se dice?,
que me gustan sus palabras y actitudes yanquis;
he meditado si lo mejor fuese
tomar las cosas en serio, o todo en broma;
si, con el oscuro Heráclito de antaño,
llorar como él, hasta que escuezan los ojos,
o mejor aún, reír con aquel raro filósofo,
Demócrito de Tracia, que acostumbraba dar vuelta
a la página de la vida, y sonreía a los dobleces,
como diciendo: “¿A quién diablos le importa?”.

¡Es esta una pregunta que, oh cielos, la desafortunada
duda hizo retirar la zarpa de un individuo!
En vez de dos caras, Job tiene… ¡casi ocho!,
y cada una ofrece ocasión para cuatro horas de debate.
¿Qué hacer, entonces? Sobre la mesa lo pongo,
y de la cuestión me ocuparé cuando sea más hábil;
mientras tanto, para prevenir todo fastidio,
ni voy a reír con uno, ni con otro lloraré,
ni voy a dispensar lisonjas o fétidas injurias,
sino que tomo a cada uno de la mano, y simplemente gruño.

¡Conque gruñes, amigo mío!, dice usted, y se lo ruego, ¿por qué?
Pues, señor, en verdad casi se me había olvidado;
pero, ¡maldita sea!, señor, juzgo una desgracia
que las personas nos miren fijamente a la cara, y que cada día
por las calles hagan vana ostentación, con reverencias y torpes cortesías,
seres que quisieran ser hombres imitando a los simios.
Perdón, lector, por la blasfemia
que los monos me obligan a jurar, aunque algo renuente.
Tengo propensión a ser digresivo en mi estilo,
mas le suplico, sea paciente, un rato más
me corregirá, y como hacen los políticos
enmiendo mis costumbres… y también mis medidas.

De todas las ciudades, y conozco no pocas,
porque he viajado, amigo, tanto como usted,
ni siquiera recuerdo una sola, ¡por vida mía!,
porque en forma general, las considero conjuntamente
(como dicen los individuos que gustan que se tome su lógica,
pues divididos, puede ocurrir que se desmorone),
y tan oportuna, proporcionada y particular
es ésta, aplicable a un nítido y juguetón saltamontes de almacén;
aquí tal vez se divierta para solaz de su corazón,
y se contonee como un pez en su líquido elemento,
sacuda los bellos rizos que caen por su hermosa frente,
y salte sobre los mostradores con aires de un Vestris,
acabe en la noche lo que empezó en la mañana,
y luego de timar a las damas, baile con ellas,
porque en un baile, ¡cuál bella puede rehuir
la delicada manita que le vendió su trencilla,
o cuál podría ser tan indiferente, tan insensible, que rechace
al joven que le cortó la cinta para sus zapatos!

Y a uno de estos bobos, par excellence el petimetre,
¡Dios me ayude!, ha sido mi destino conocer,
aunque solo de vista, pues soy un hombre tímido,
y me aguanto siempre la risa, si puedo;
pero háblele usted, y le hará tales muecas,
¡Dios mío!, que estar serio rebasa las fuerzas del rostro.
Los corazones de todas las damas se ocupan de él,
los brillantes ojos de ellas en el ala de su Tom and Jerry,
y en su frac de cola de paloma, adquirido al coste,
en tanto esos ojos no se fijarán en nada parecido a un hombre.

Su voz misma es una musical delicia,
su forma, una vez observada, se torna en parte de la vista:
en suma, el cuello de su camisa, su aspecto, su elegancia,
es el “bello ideal” concebido para Adonis.
Los filósofos, con frecuencia han discutido
acerca del sitio del pensamiento en el hombre y en el bruto:
referente al poder del pensamiento que acompaña a este último,
mi amigo el petimetre lo considera asunto resuelto,
y a pesar de todos los dogmas vigentes a través de la historia,
un hecho establecido es mejor que diez sabios.

Porque él piensa, aunque yo a veces dudo
si puedo decir exactamente en qué;
¡ah, sí!, en su piececito y pulcro tobillo,
es ahí donde en él se halla la sede de la razón;
un sabio filósofo meneará su cabeza,
y él, por supuesto, sacudirá su pie,
y a mí, en venganza, sufriré de convulsiones en ese pie,
otra prueba del pensamiento, y no me equivoco,
porque delante de sus gatunos ojillos pongo un espejo
haciéndole verse a sí mismo: ¡un legítimo asno!
Pienso que estará de acuerdo con esta semejanza de sí mismo,
mas si no lo ha hecho, debe hacerlo, estúpido enano,
y ahora, para que la conjetura no provoque ataques al necio,
finalizo el retrato con el apellido de Pitts.